El artículo analiza la historia del Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC) en México durante las décadas de 1950 y 1960. En base al análisis documentos localizados en los archivos de la International Association for Cultural Freedom, el ensayo plantea que el CLC contribuyó a cimentar la aceptación de un “espíritu liberal” –definido por ideales antiestatistas, “postideológicos” y antiutópicos– entre las élites intelectuales del México de la temprana Guerra Fría. Un argumento central del texto es que, a través de su promoción de este ideal, el CLC jugó un papel central en la conformación de las coordenadas del debate público en torno a las ideas de democracia, el autoritarismo y el comunismo durante las últimas décadas del siglo XX en México.

This article analyzes the history of the Congress for Cultural Freedom (CLC) in Mexico during the 1950s and 1960s. Based on the analysis of archival records in the collection of the International Association for Cultural Freedom, the essay suggests that the CLC helped to cement the acceptance of a “liberal spirit”—defined by antistatist, “postideological”, and anti-utopian ideals—among Mexican intellectuals in the early Cold War. A central argument of the essay is that, through the endorsement of this ideal, the CLC played a central role in shaping the public debate about the notions of democracy, authoritarianism, and communism during the last decades of the twentieth century in Mexico.

A partir de la segunda mitad de la década de 1940, la confrontación entre la Unión Soviética y los Estados Unidos incluyó no sólo la lucha por el dominio en el terreno político sino también, y quizá de manera más crucial, la lucha por la hegemonía en el campo de las ideas y los símbolos. Por una parte, la Unión Soviética enarboló la bandera de la paz a través de la creación del Consejo Mundial por la Paz, un foro internacional de intelectuales y políticos afines al comunismo creado en 1949. Por otra parte, los Estados Unidos impulsaron la creación del Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC). Inaugurado en Berlín en junio de 1950, el CLC sirvió como punto de encuentro para figuras que buscaban una alternativa liberal1 al fascismo de la época de entreguerras y el totalitarismo del régimen soviético. El núcleo alrededor del cual se reunieron los colaboradores del CLC era la defensa de la libertad intelectual y cultural entendida como un requisito indispensable para la democracia, una forma de gobierno que fue promovida desde Occidente como la única respuesta al peligro del modelo dictatorial del comunismo. El motor de esta red era el impulso anticomunista del naciente imperialismo estadounidense. Desde un inicio, el CLC fue financiado con fondos que la Agencia Central de Inteligencia (Central Intelligence Agency; CIA) canalizó a través de distintas instancias no gubernamentales, fundaciones filantrópicas y universidades. Esto no fue del conocimiento de muchos de los intelectuales y artistas involucrados sino hasta 1967, año en el que muchos de los involucrados en las actividades del CLC lo denunciaron abiertamente, minando su prestigio e influencia a nivel global. Sin embargo, entre 1950 y 1966 el CLC jugó un papel central en el desarrollo de la vida cultural e intelectual internacional de la posguerra a través del financiamiento de numerosas revistas, proyectos editoriales, exhibiciones, becas y la organización de una red de eventos en todos los continentes dedicada a la promoción de una agenda anticomunista enfocada en el ideal de la libertad cultural.2

Descrito como el “equivalente cultural-intelectual de la economía política del Plan Marshall”, el CLC inicialmente buscó reunir a importantes intelectuales del Atlántico Norte –afincados en ciudades como París, Londres, Berlín y Nueva York– en defensa de una renovación de la perspectiva liberal que permitiera articular una crítica intercontinental a los peligros del totalitarismo.3 Alineándose con la naciente defensa del mundo libre, los promotores del CLC formaron parte de un nuevo impulso anticomunista encabezado desde los Estados Unidos y la defensa de la “fe militante” del liberalismo impulsada por influyentes intelectuales de la temprana posguerra como Arthur M. Schlesinger Jr.4 Como parte de su defensa de este “liberalismo de la Guerra Fría”, los seguidores del CLC se unieron a la vehemente defensa del pensamiento “antiideológico” y el rechazo al entusiasmo utópico que había marcado los debates intelectuales de las décadas de entreguerras en Europa.5 El impacto de las actividades del CLC en el Atlántico Norte ha sido ampliamente documentado y discutido como parte central de la llamada Guerra Fría cultural.6 A partir de este marco analítico internacional, recientes estudios han demostrado que la presencia del CLC en países fuera del Atlántico Norte no puede ser entendida en términos del establecimiento de meros “frentes” locales de un conflicto transnacional. Antes bien, autores como Patrick Iber y Eric D. Pullin han demostrado que en estos entornos la presencia del CLC sirvió para fortalecer agendas de oposición y activismo intelectual previamente establecidas y que, aún sirviéndose de fondos brindados desde los Estados Unidos, sus defensores en el naciente tercer mundo no siempre seguían objetivos alineados con la diplomacia cultural estadounidense.7 Estos trabajos se unen a otros estudios que han enriquecido nuestra comprensión del funcionamiento del CLC en América Latina a partir de diferentes enfoques. Ejemplos de estos enfoques son el análisis de su red de publicaciones,8 las relaciones de sus miembros con distintos sectores de corte liberal y conservador en países como Argentina y Chile9 y el entrelazamiento de sus reclamos con el dominio intelectual gestado por los integrantes y defensores de la “ciudad letrada” de los centros urbanos del continente.10 Al mismo tiempo, estudios puntuales han resaltado las dinámicas a través de las cuales el CLC se vinculó con la intelligentsia de países como Líbano, dando lugar a redes de intercambio intelectual transcontinentales,11 así como a debates que corrían en paralelo al naciente internacionalismo tercermundista encabezado desde las cúpulas poscoloniales de los nuevos estados de Asia y África.12 Esta rica y creciente bibliografía pinta una imagen del CLC no como un brazo invisible del naciente imperialismo estadounidense sino como parte de una red de intercambio ideológico e intelectual que, si bien era impulsada desde Washington, sirvió de vehículo para distintas agendas culturales de élite gestadas a partir de debates y confrontaciones específicos, y entornos locales bien definidos.

En el presente artículo, examino las actividades del CLC en México durante las décadas de 1950 y 1960 a través del análisis de la documentación hallada en la International Association for Cultural Freedom Records (IACFR), en la biblioteca de la Universidad de Chicago. Mi intención es explorar el entrelazamiento de los objetivos transnacionales del CLC y los anhelos locales de los agentes que encabezaron el trabajo del Congreso en México y la creación de su sede nacional –la Asociación Mexicana por la Libertad de la Cultura (AMLC)–. A través del análisis de redes, personajes y anhelos concernientes a su historia mexicana, me interesa señalar el impacto que el CLC tuvo en la consolidación de una serie de parámetros discursivos que dominarían el debate cultural e intelectual en México durante la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI. Estos parámetros, definidos por la defensa del nuevo “espíritu liberal” de la temprana Guerra Fría, insistían en la separación de la labor intelectual y artística del poder político, el énfasis en la preeminencia de las élites urbanas cosmopolitas en la vida intelectual del país y las preocupaciones de la alta cultura por encima de agendas de corte popular y masivo, además de la defensa de un ideario “postideológico” claramente nutrido del anticomunismo de las primeras décadas de la Guerra Fría. La primera sección enmarca los inicios de la presencia del CLC en México dentro del cambiante entorno político, cultural e ideológico de la época del llamado desarrollo estabilizador. Durante los primeros años de la década de 1950, el CLC buscó conformarse como un espacio de oposición a la agenda cultural del nacionalismo de izquierda defendido por los círculos intelectuales y artísticos cercanos al proyecto cardenista encarnada en la figura de muralistas como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. La segunda abarca el momento de consolidación de la AMLC durante la segunda mitad de la década de 1950, poniendo especial énfasis en la organización de la Conferencia Interamericana del CLC, celebrada en la ciudad de México en 1956. La tercera analiza el acercamiento del CLC con un nuevo grupo de intelectuales –escritores y académicos– y un conjunto de instituciones que incluyen a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Centro Mexicano de Escritores (CME) durante la primera mitad de la década de 1960. En la última sección, abordo el impacto que esta presencia tuvo en la conformación de un nuevo espacio intelectual –asociado de manera creciente con el liberalismo– que dominó las dinámicas del debate público mexicano durante las últimas décadas del siglo XX.

Poco después de su fundación en junio de 1950, los miembros del CLC resaltaron la importancia de extender sus actividades más allá del Viejo Mundo. En una sesión de trabajo celebrada en Berlín en noviembre de aquel año, James Burnham, profesor de la New York University e importante promotor de la teoría de la contención, enfatizó la importancia de celebrar un “congreso de algún tipo” en América Latina, “quizás en México”, con la idea de comenzar a tantear el terreno para el establecimiento de una sede permanente del CLC en el subcontinente.13 Desde muy temprano, los organizadores del CLC reconocieron “la gran importancia intelectual y artística” de México,14 país que se erigió como un pilar de su estrategia continental durante las siguientes dos décadas.15 Siguiendo este impulso, a finales de 1953 se estableció en México una agencia distribuidora de publicaciones del Congreso dedicada principalmente a la distribución de la revista Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura editada desde París.

Situada en la librería Ariel, en la calle Donceles 91, esta agencia, que sirvió como núcleo original de la actividad del CLC en México, fue encabezada por dos fervientes anticomunistas: el español Julián Gorkin y el mexicano Rodrigo García Treviño. Nacido en Valencia en 1901, Gorkin fue miembro del Partido Comunista y editor de La Batalla, periódico del mítico Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Obligado a huir de España en 1939, recorrió Europa como secretario internacional del POUM, entablando relaciones con figuras importantes de la izquierda no comunista como Victor Serge. Tras un breve paso por Nueva York, llegó a México en abril de 1940, donde compartiría un departamento con Serge durante varios años. Durante su estancia en México, Gorkin fue blanco de la agresión de los comunistas locales, quienes lo acusaron de ser un agente de los poderes del Eje y lo atacaron físicamente en varias ocasiones.16 Culminando su decisivo alejamiento del estalinismo, Gorkin se erigió en México como un convencido defensor de la causa antitotalitaria y anticomunista, que defendería desde su trinchera de editor y empresario cultural.17 Por su parte, García Treviño, antiguo director de la Editorial América y editor de la obra de Karl Marx, era un periodista de inclinaciones camaleónicas de izquierda. Ácido polemista, García Treviño cultivaba enemigos en todo el espectro de la izquierda y opacas relaciones con miembros del régimen priista. Temprano militante del Partido Comunista Mexicano y colaborador entusiasta de la Confederación de Trabajadores de México, a partir de la década de 1940, Treviño dio un giro ideológico de 180 grados para convertirse en uno de los más entusiastas promotores del anticomunismo en México.18 En su temprana correspondencia con Gorkin, el editor se definía a sí mismo como un lector atento del senador estadounidense Joseph McCarthy, defensor de las “causas democráticas” y declarado enemigo de los “estalinistas criollos” encabezados por Vicente Lombardo Toledano.19 Para finales de la década de 1950, su metamorfosis en una especie de “némesis comunista”20 se consolidó con la publicación de fervientes alegatos antisoviéticos como La Rusia de hoy y La injerencia rusa en México.21

A primera vista, el anticomunismo de Gorkin y García Treviño podría parecer una fijación sin importancia en el contexto mexicano. Después de todo, los años de la posguerra fueron un periodo de debilitamiento para el comunismo en México. Marginado por los gobiernos postcardenistas y alejado de Moscú, gracias a la hábil gestión de Lombardo, el Partido Comunista Mexicano descendió dramáticamente en sus números y perdió considerablemente su influencia entre el movimiento obrero y el escenario político.22 Sin embargo, el CLC no se preocupaba por los movimientos de masas sino por influir en las élites intelectuales. El escenario mexicano de la década de 1950, en el que las altas esferas de la vida cultural y artística brindaban refugio a la ideología comunista, aparecía como un importante reto para el CLC. La abierta defensa del ideario comunista por parte de figuras como Leopoldo Zea, Emilio Fernández, Rivera, Frida Kahlo, Gabriel Figueroa, Siqueiros y Silvestre Revueltas resultaba alarmante para una organización que buscaba forjar un movimiento internacional de intelectuales libres. En palabras de Gorkin, la misión principal del CLC debía ser la lucha por restarle influencia a los intelectuales comunistas de América Latina, quienes avanzaban campantes hacia el dominio de las élites culturales del continente.23

Los primeros pasos del CLC en México estuvieron dominados por la figura de García Treviño. El editor monopolizó todo contacto con Gorkin –quien había vuelto a Europa en 1948– y la sede de París, y concentró las iniciativas iniciales del naciente comité mexicano. Tras instalar la agencia de distribución de publicaciones del CLC en la sede de su librería, García Treviño se dio a la tarea de buscar intelectuales locales que apadrinaran la labor del CLC en México. Inicialmente se acercó a Rómulo Gallegos, Ignacio Chávez, Manuel Sandoval Vallarta, Antonio Caso y Nabor Carrillo, quienes mostraron poco entusiasmo. En relación al nombramiento de un presidente de honor del comité mexicano, un puesto de enorme importancia simbólica compartido por figuras como Karl Jaspers, Benedetto Croce y John Dewey, Gorkin sugirió que García Treviño se concentrara en asegurar la colaboración de Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet o del joven Octavio Paz. A pesar de la insistencia de García Treviño, quien literalmente persiguió a Reyes hasta su casa en Cuernavaca, el escritor se negó rotundamente, alegando que “no le gustaba ser figurón” y no estaba en condiciones de aceptar nuevas responsabilidades. A sugerencia de Reyes, Torres Bodet también se negó a participar, y Paz, en quien Gorkin estaba particularmente interesado, fue inmediatamente descartado por García Treviño “por estalinista”.24 A pesar de estos contratiempos, en agosto de 1954 se celebró el primer acto oficial de la nueva AMLC, que consistió en la inauguración de la Sala de la Libertad, un foro para actividades culturales y artísticas situado en la librería Ariel. Estuvieron presentes Mauricio Gómez Mayorga, el pintor Manuel Rodríguez Lozano, Salvador Azuela y el funcionario del Instituto Nacional de Bellas Artes Salvador Pineda.25

A partir de ese momento, comenzó a tomar forma la agenda cultural de la AMLC, cuyo primer proyecto consistió en la organización de una exposición de pintura destinada a terminar con la “dictadura” ejercida por los “pintores comunistas Diego Rivera [y] David Alfaro Siquieros” en el ámbito de las artes plásticas.26 Se acordó que la exposición sería inaugurada en enero de 1955 en las Galerías Excélsior, un espacio que en el futuro serviría para diversos eventos organizados por la AMLC. La organización de esta exposición ilustra las coincidencias entre el modus operandi del CLC y las necesidades y objetivos de su sede mexicana durante la década de 1950. La exposición fue concebida siguiendo el modelo del festival Obras Maestras del Siglo Veinte impulsado por el CLC en París en 1952. Organizado para demostrar la vitalidad del arte occidental y evidenciar la esterilidad del arte soviético, el festival incluyó presentaciones de ballet, teatro, conciertos y eventos literarios que festejaban a las vanguardias europeas y representó un salto cualitativo en la fama internacional de la naciente organización, que poco a poco se convertía en un referente del frente cultural de la Guerra Fría.27 En México, se esperaba que la exposición en Galerías Excélsior tuviera un efecto galvanizador similar y proyectara a la AMLC como un nodo de actividad artística enfrentada al arte de los “comunistas”, que desde el cardenismo habían recibido importante apoyo oficial y amplia aceptación popular. Gorkin tenía la ilusión de que la exposición lograra atraer la atención de un “importante movimiento” de “jóvenes pintores ansiosos de romper [con el] realismo socialista” de Rivera y Siqueiros.28 Sin embargo, la exposición terminó siendo una discreta muestra individual del pintor Rodríguez Lozano. Esto no impidió que García Treviño la festejara como un “exitazo” y el “primer paso” para acabar “con la monopolística influencia de Siqueiros y compañía” y destruir “la principal ciudadela de los comunistas en la intelectualidad mexicana”.29

Desde un inicio, el CLC explotó el anhelo de artistas y escritores mexicanos de ser reconocidos por sus pares en Europa. La “enorme mayoría de los intelectuales Latinoamericanos –afirmaba Gorkin– reconocen que le deben mucho –si no es que todo– a la cultura europea”. En su opinión, para los intelectuales del subcontinente “la defensa de Europa y sus libertades es la defensa de una posesión común”. Ansiosos por afirmar su pertenencia a la civilización occidental y a la esfera cultural del Atlántico Norte, gran parte de la élite intelectual y artística mexicana de la década de 1950 se guiaba por la afirmación de Paz de ser “por primera vez en [su] historia, contemporáneos de todos los hombres”30 y por el anhelo de reclamar un lugar propio en el horizonte cultural de la modernidad emanada desde Europa.31 Este sentimiento fue aprovechado por miembros del CLC activos en México para enfatizar la superioridad cultural de Occidente, asociada crecientemente con el constructo del mundo libre –y la necesidad de pelear por su integridad intelectual y artística– de cara a la amenaza del comunismo.

Otro frente importante de actividad inicial del CLC en México se desarrolló al interior de las universidades. Junto con el Instituto Nacional de Bellas Artes, la UNAM fue desde un inicio un núcleo de apoyo para las labores del CLC. Entre los primeros intelectuales que se acercaron a su sede mexicana estaban Azuela, director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM de 1954 a 1958, y el entonces rector Nabor Carrillo. Sin embargo, el entusiasmo de estos funcionarios no se correspondía con un apoyo real entre el estudiantado. Desde 1954, García Treviño se comprometió con la labor de infiltrar a grupos como la Federación Estudiantil Universitaria, un grupo, según García Treviño, dominado por comunistas y seguidores del expresidente Lázaro Cárdenas. La actividad de estos grupos representaba una amenaza para la libertad de la cultura, pues involucraba a un importante número de alumnos y contaba con el apoyo de reconocidos intelectuales como Carlos Pellicer, Jesús Silva-Herzog y Raúl Carrancá y Trujillo. “No se puede callar permanentemente ante las veleidades stalinistas de estos pendejos [sic]”, declaraba en su correspondencia con Gorkin, quienes estaban convirtiendo a la universidad en “un teatro de persistente labor rusófila” y oposición al “imperialismo yanqui”.32 García Treviño también intentó infiltrar al estudiantado del Instituto Politécnico Nacional (IPN), una institución que en su opinión funcionaba como “cuartel general de la juventud ‘pepina’ o lombardista”. En esta ocasión, se acercó a Rodolfo Hernández Corzo, director del IPN, para tratar de convencerlo, infructuosamente, de “cambiar de chaqueta” y eliminar las tendencias comunistas en las materias económicas y sociales de la institución.33

Más allá de sus afirmaciones, muchas veces dudosas, el fervor de García Treviño comenzó a rendir frutos para principios de 1955. En febrero de aquel año, la AMLC recibía un financiamiento de cien dólares mensuales para el pago de “local, auxiliar, propaganda…y trabajos entre los jóvenes universitarios, pintores, etc.”.34 Un año después de su fundación a finales de 1953, el minúsculo comité mexicano del CLC había logrado establecerse como un relevante foco de actividad cultural en la ciudad de México. Entre finales de 1954 e inicios de 1955, el comité organizó numerosos eventos en la sede de las Galerías Excélsior, incluyendo conferencias dictadas por Rufino Tamayo, Paz, Rodolfo Usigli, Rodríguez Lozano y Margarita Michelena.35 En los meses siguientes, extendería su rango de actividades más allá de la capital, creando grupos en Puebla y el puerto de Veracruz, dándole al CLC una mayor presencia en México.

Durante la primera mitad de 1955, Gorkin llevó a cabo una gira de trabajo por América Latina como representante del CLC. Regresó a París llenó de entusiasmo y proyectos para el futuro. En su correspondencia con García Treviño, el valenciano admitió que le animaban especialmente las “perspectivas enormes” que ante el CLC se abrían en México gracias a la recientemente creada AMLC.36

En términos de la estrategia internacional del CLC, la consolidación de la sede mexicana era una señal promisoria de cara a la celebración de la Conferencia Internacional sobre el Futuro de la Libertad, planeada para septiembre de 1955 en Milán. Esta conferencia marcó un punto crucial en la historia internacional del CLC al convocar a un número importante de intelectuales del Atlántico Norte, Asia, África y América Latina para intercambiar ideas en torno al problema de la libertad en el mundo de la posguerra. Las discusiones desarrolladas en Milán fueron fundamentales para la consolidación de una agenda intelectual transnacional centrada en la idea del “fin de las ideologías”, defendida abiertamente por aquellos años por figuras como Raymond Aron o Edward Shils.37 Por otro lado, la reunión en Milán, celebrada el mismo año que la trascendental Conferencia de Bandung, estuvo marcada por la irrupción de intelectuales del tercer mundo en las discusiones del CLC.38 En palabras de Michael Polanyi, miembro del comité ejecutivo del CLC durante sus primeros años, la intervención de los delegados del tercer mundo en Milán abría una nueva y “estimulante perspectiva” para el movimiento internacional por la libertad de la cultura basada en la conciencia de una “inmensa área de nuevo compañerismo” mundial.39 En Milán, el CLC pasó de ser un proyecto europeo a ser una empresa transcontinental.

Para Gorkin, la conferencia de 1955 debía servir como un momento de redefinición de la estrategia del CLC en América Latina. “En Milán, y al margen del Congreso –escribió a García Treviño– pienso reunir a todos los delegados latino-americanos para estudiar un plan de acción en ese Continente. Será una especie de Sub-Conferencia, paralela a la Conferencia grande [sic]”.40 Durante estas reuniones paralelas, se fraguó el plan de organizar un evento internacional en México con miras a consolidar la importancia regional de la AMLC. En palabras de Gorkin, se trataría de una “confrontación de intelectuales Norte y Latinoamericanos” que resaltaría su unidad de propósito en defensa de los ideales de la libertad y en contra del imperio de la ideología.41 Esta iniciativa cristalizaría un año después con la celebración de la primera conferencia internacional del CLC en México.

Después de meses de intensa planeación, encabezada una vez más por el incansable García Treviño, entre el 18 y el 26 de septiembre de 1956, se celebró en la ciudad de México la Conferencia Interamericana del CLC. Las sesiones principales tomaron lugar en el Auditorio Nacional y reunieron a delegados de España, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Bolivia, Ecuador, Canadá, El Salvador, Puerto Rico, Cuba, Brasil, Costa Rica, Uruguay y Chile, y a importantes intelectuales de distintos rincones del continente incluyendo a Germán Arciniegas, Benjamín Carrión, Rómulo Gallegos, John Dos Passos, Ralph Waldo Ellison, Frank Tannenbaum, Norman Thomas, Roger Baldwin y Luis Alberto Sánchez.42 Además de las sesiones plenarias en el Auditorio Nacional, como parte de las actividades, se celebraron siete conferencias externas en el auditorio de la Confederación de Trabajadores de México, el Anfiteatro Simón Bolívar, las Galerías Excélsior y el Salón Barroco de la Universidad de Puebla.43

Uno de los temas centrales de la conferencia fue la necesaria renovación del liberalismo frente a las amenazas de la posguerra. Durante la conferencia, el presidente de honor del CLC, Salvador de Madariaga, ahondó en el tema. El liberalismo, planteó, no era sólo una forma de pensamiento que permitía “mejor que ningún otro” que todos, “desde los más humildes hasta los más grandes, lleg[aran] a conquistar su radio de acción natural”. Para el intelectual español, el liberalismo era el “ambiente…que más favorec[ía] a la expansión y la riqueza de la historia”. En tono abiertamente eurocéntrico, Madariaga declaraba que el florecimiento del liberalismo explicaba porqué Europa había sido “el continente rector de la historia”.44 A manos de los participantes mexicanos, el tema fue reinterpretado a través de la óptica de la historia nacionalista. En palabras de Mauricio Magdaleno, el reto de los mexicanos frente al peligro del comunismo era el de descifrar “cómo y por qué caminos de catástrofe nos encontramos viviendo en días del siglo veinte que nuestros abuelos liberales y ‘progresistas’ del diecinueve anunciaron como el de la felicidad universal, una de las horas más peligrosas de toda la historia del hombre”. Magdaleno declaraba que México debía erigirse en un bastión en la lucha mundial por la libertad, y aseguraba a los asistentes a la conferencia que “el fruto de [sus] deliberaciones no encontrar[ía] suelo más propicio que éste en el que nos hemos hecho el deber de mantener vivas las luchas que encendieron Hidalgo y Juárez”.45

La conferencia ofreció resultados ambiguos. En un reporte mandado a París, Gorkin se quejó de la falta de traductores simultáneos y otros problemas técnicos que limitaron el intercambio entre la “selecta y equilibrada delegación” norteamericana y sus pares hispanohablantes. Por otro lado, el papel de los delegados mexicanos en la conferencia fue, “en general, un fracaso”: Azuela, Magdaleno y Pedro de Alba “solo asistieron a las sesiones de inauguración y de clausura”, mientras que “los otros ponentes [mexicanos] solo parecían tener un interés en que los trabajos que habían presentado, algunos bastante flojos, fueran tomados en consideración por la Conferencia”. A pesar de estos sinsabores, la conferencia de 1956 tuvo, en palabras de Gorkin, un importante impacto mediático y despertó el interés de las altas esferas de la política mexicana, incluyendo el del presidente Adolfo Ruiz Cortines. Los momentos de mayor éxito tuvieron lugar durante tres “cocktails extraordinariamente concurridos: uno organizado por El Fondo de Cultura…otro por la Embajada Española” y el tercero “por la escritora norteamericana Anita Brenner”. Cauto de caer en “fáciles optimismos”, Gorkin apuntó que, en términos generales, la conferencia significó un importante triunfo para la estrategia internacional del CLC y ofrecía “una prueba rotunda, ante toda la opinión latinoamericana, del espíritu de libertad y de independencia de nuestro Congreso”.46

En los meses siguientes, el rango de acción de la AMLC se expandió notablemente. Su estructura se multiplicó al crearse las comisiones de prensa, relaciones públicas, relaciones internacionales, estatutos y estudios históricos, económicos y sociales, y al formalizarse la creación de un comité local en Puebla, encabezada por Othón Lara Barba. El núcleo original conformado alrededor de García Treviño se convirtió en el comité directivo nacional. Todo esto se tradujo en un incremento significativo en el número de miembros de la AMLC, entre quienes ahora se contaban poetas y escritores como Michelena, Gómez Mayorga, Francisco Monterde, Marco Antonio Millán, Octavio Gabino Barreda, Ernesto de la Peña, Mario Monteforte Toledo, Carlos Echánove Trujillo, pintores como Felipe Cossio del Pomar y figuras públicas como Magdaleno, Lucio Mendieta y Núñez y el poeta Salomón de la Selva.47 Para principios de 1958, la asociación reportaba un total de cien “socios regulares” y “relaciones e influencia” con más de mil intelectuales avecindados en la capital. Para ese año, la sede poblana contaba ya con treinta empleados, y se hallaban en proceso de creación de un par de sedes más en el puerto de Veracruz y la ciudad de Saltillo.48

Durante la década de 1950, la presencia del CLC en México se canalizó a través de las actividades de la AMLC, la cual fue controlada por la figura de García Treviño. Esto permitió la emergencia de un espacio de activismo cultural de élite a partir de la combinación de las redes del editor y los contactos y recursos provistos desde París a través de los oficios de Gorkin. Sin embargo, durante estos años se hizo poco para fortalecer el impulso internacional del CLC, ya que las actividades de su sede mexicana estuvieron dominadas por la agenda de su director, claramente definida por sus inclinaciones anticardenistas. En este sentido, siguiendo los argumentos de Iber respecto a la historia del CME, durante los primeros años de la Guerra Fría cultural, parecería que la presencia del CLC en México acabó favoreciendo más al lado mexicano que a la sede de París.49

El crecimiento de las actividades de la AMLC durante la segunda mitad de la década de 1950 coincidió con el recrudecimiento de las tensiones ideológicas y políticas generadas por la Guerra Fría en América Latina. En México, esto se conjugó con el agrietamiento del consenso posrevolucionario causado por el cada vez más evidente autoritarismo del régimen y la desigualdad causada por el modelo de desarrollo asociado con el “milagro mexicano”. Como resultado, la segunda mitad de la década de 1950 y los primeros años de la de 1960 estuvieron marcados por la creciente confrontación social, el aumento del número de huelgas, el crecimiento del descontento en el campo y la politización de amplios sectores de la juventud, tras el golpe de Estado en Guatemala de 1954 y el triunfo de la Revolución cubana en 1959.

Al iniciar la década de 1960, México comenzó a ocupar un lugar de creciente importancia en la estrategia latinoamericana del CLC. En mayo de 1960, Gorkin declaraba que, si bien desde 1955 el CLC había “tenido que atender preferentemente a las regiones de Asia y África, en plena ebullición por la conquista de sus soberanías y la construcción de sus organizaciones institucionales”, la directiva central había “decidido ahora dedicar una gran atención a Latinoamérica”. Con miras a expandir la influencia del CLC en el continente, en 1960 comenzó a planearse un nuevo “Congreso Internacional”, proyectado para celebrarse a finales de 1961 otra vez en la ciudad de México. La elección de México como sede del segundo evento continental del CLC era justificada en términos simbólicos y políticos. Por un lado, México gozaba de un “prestigio continental” incomparable por el hecho de haber “cumplido una revolución democrática” y haber asegurado “la estabilidad en todos los órdenes” de su vida política y económica. Por otro lado, el CLC veía con agrado “el gran acierto demostrado por el Sr. Presidente de la República” Adolfo López Mateos en su creciente interés por la “integración” latinoamericana.50

Al repuntar la década de 1960, la renovada importancia de México para su estrategia internacional alimentó una transformación profunda de la presencia del CLC en el país. El primer paso en esta dirección fue la destitución de García Treviño, posiblemente en el transcurso de 1961. Durante los últimos años de la década de 1950, el editor fue objeto de diversas acusaciones que comprometieron el funcionamiento de la AMLC. Un primer momento de fricción emergió en 1954, cuando el secretario ejecutivo del CLC, Michael Josselsson, reaccionó frente a algunos comentarios de García Treviño respecto a la publicación de un artículo del peruano Eudocio Ravines, quien, en opinión del editor mexicano, tenía “fuertes nexos con la CIA”. Josselsson se enfureció, tildando a García Treviño de “imbécil”, y exhortó a Gorkin a prescindir de sus servicios al frente de la AMLC.51 Las acusaciones en contra del editor mexicano siguieron apilándose. En 1957, Gorkin recibió cartas acusándo a Treviño de antisemitismo y agredir a diversas asociaciones socialistas.52 De manera más preocupante, desde 1959 Gorkin había comenzado a expresar su descontento respecto al manejo de fondos enviados desde París por parte del director de la AMLC, a quien recriminó ser incapaz de mantenerse al día con la entrega de cuentas y acreditar el correcto uso del dinero recibido.53 En cualquier caso, en enero de 1962, en una reunión de delegados latinoamericanos del CLC el propio Gorkin dio a conocer que, debido a una “desafortunada experiencia”, García Treviño había sido suspendido.54 A partir de entonces, la AMLC pasó a un segundo plano y las actividades del CLC en México comenzaron a ser coordinadas directamente desde París.

Al mismo tiempo, a inicios de la década de 1960 la actividad del CLC en México se enfocó en un nuevo sector de intelectuales. La fijación de García Treviño en promover una nueva generación de artistas plásticos que pudiera desplazar a los “rusófilos” Rivera y Siqueiros fue reemplazada por un creciente interés en atraer literatos y académicos. Esto desembocó en un acercamiento entre el CLC y el CME, dirigido por la estadounidense Margaret Shedd. Durante años, el CME había apoyado la labor de importantes figuras asociadas con la AMLC, como Usigli, Reyes y Anita Brenner, y había servido de plataforma para el trabajo de autores fundamentales del canon de la literatura mexicana contemporánea, como Juan José Arreola, Juan Rulfo, Emilio Carballido y Alí Chumacero.55 Durante aquellos años, las trayectorias del CLC y el CME se unieron a través de la relación establecida entre Shedd y Keith Botsford, escritor estadounidense que funcionó como operador político del CLC en América Latina.56 A través de los buenos oficios del licenciado Pineda, priista cercano a la AMLC desde sus inicios, Botsford obtuvo una visa para residir en México y se instaló en la capital a mediados de 1963.57 Poco después, el estadounidense estableció contacto con el selecto grupo de escritores reunidos alrededor del CME. Reconoció el genio literario de Rulfo, Salvador Novo, Pellicer y Paz. Le prestó especial atención al joven Carlos Fuentes, quien, a pesar de no estar a la altura de Rulfo –según Botsford– tenía posibilidades de desarrollar una gran obra siempre que lograra “superar su fascinación consigo mismo”. De entre todos los asociados con el CME, Botsford resaltó la refrescante anomalía que representaba Jorge Ibargüengoitia, el único escritor satírico en un país en el que la “seriedad [era] endémica”.58 A pesar de estos halagos, Botsford lamentaba la incapacidad de los intelectuales de vivir al margen del presupuesto gubernamental. El estadounidense atribuía esta limitación a la incapacidad de los mexicanos de competir en el “mercado libre de las ideas”.59

En un reporte redactado junto con Luis Mercier Vega, Botsford señaló al sistema universitario mexicano como la principal fuente de la insana situación de los intelectuales. En general, opinaban, el mediocre sistema de educación superior mexicano se enfocaba en la “auto-reproducción” de sus propios cuadros y estructuras. Los extranjeros lamentaban la falta de incentivos para el rigor académico y denunciaban el efecto nocivo que el uso político de las contrataciones tenía en la calidad de la docencia y la investigación. En su opinión, todo esto convertía al sistema universitario en un mecanismo para la perpetuación de una “clase privilegiada”.60 En el centro de este defectuoso sistema, Botsford resaltaba a la UNAM, una institución “enorme, torpe y, en casi todos los ámbitos, altamente ineficiente”. El problema principal de la UNAM, para Botsford, no era su ineficiencia sino el hecho de que, dada la enorme cantidad de recursos que recibía, se había convertido en un “vasto imperio…controlado por un número muy reducido de personas”.61 Esto reflejaba la preocupante situación de muchos países de América Latina, donde las universidades se habían convertido en “el refugio de la mediocridad, el provecho del ignorante” y “toda forma de tiranía e inmovilismo espiritual”.62

El miedo de que esta percibida mediocridad generara un caldo de cultivo para el crecimiento de un potencialmente peligroso “proletariado intelectual”, presto a unirse a la causa comunista, contribuyó a que el CLC comenzara a prestar una mayor atención al ámbito académico durante la década de 1960.63 Sin embargo, el creciente involucramiento del CLC en México se vio interrumpido con las revelaciones de 1967 que vinculaban al CLC con el financiamiento de la CIA. La noticia debilitó fatalmente al CLC y alejó a la mayoría de los intelectuales y artistas que habían estado involucrados en sus actividades. Estas revelaciones se sumaron al rechazo del intervencionismo estadounidense generalizado en América Latino durante estos años, lo que dificultó la labor de promover una postura abiertamente anticomunista entre los intelectuales del continente. Incluso antes del golpe recibido por la publicación de sus vínculos con la CIA, la situación del CLC en México era descrita como parte de “una historia…dolorosa [y] complicada”, marcada por los errores, la inconsistencia y el rechazo.64

Desde un inicio, la agenda anticomunista del CLC en México se vio obstaculizada por la ambigüedad generada por la simultánea aceptación del impulso antitotalitario y la defensa de un fuerte sentimiento antiestadounidense entre sus colaboradores nacionales. Esta incómoda combinación fue notada tempranamente por Gorkin. El valenciano era incapaz de comprender el rechazo simultáneo al “imperialismo del Kremlin y al imperialismo de Wall Street” enarbolado por la intelectualidad mexicana de la década de 1950.65 Esta tensión quedó de manifiesto en 1954, año de la creación de la AMLC, con las reacciones mexicanas al golpe de Estado orquestado en Guatemala en contra del gobierno de Jacobo Arbenz. En un reporte circulado entre sus colegas del CLC en París, Gorkin expresó su perplejidad ante “la casi unánime reacción de los elementos democráticos” del continente “a favor de Arbenz”. En México, constató alarmado, se propagaba la idea de que el “Departamento de Estado, junto con la United Fruit Company” estaban conspirando en contra de la “revolución agraria y democrática” iniciada en Guatemala. En su opinión, el rechazo del “imperialismo Yankee” entre los intelectuales mexicanos era el resultado de la facilidad con la que estos últimos eran engañados por la “propaganda comunista, a pesar de estar convencidos de lo contrario”. En su opinión, este “antiimperialismo sistemático y miope” de la intelectualidad en México, y el resto de América Latina, era el principal obstáculo para la libertad de la cultura en el continente.66 Al mismo tiempo, el golpe de Estado en Guatemala sirvió de justificación para la reaparición de Cárdenas en la arena pública. Esto causó la alarma y la indignación de García Treviño, quien expresó su preocupación que el recibimiento de Arbenz en Michoacán “en calidad de invitado de honor” por parte del expresidente podría tener un efecto revitalizador en las actividades de los “comunistófilos” mexicanos en el campo de las artes y la cultura.67 En años posteriores, esta tensión entre anticomunismo y antimperialismo reapareció en diversas ocasiones, especialmente a partir de 1959 cuando la AMLC tuvo que preocuparse por la creciente fascinación que el triunfo de la Revolución cubana ejercía entre los intelectuales mexicanos y sus colegas en todo el continente.

En este sentido, el funcionamiento del CLC en México reafirma la tesis de que, durante la temprana Guerra Fría, el anticomunismo emanado desde el Atlántico Norte alimentó las divisiones internas al régimen posrevolucionario en México, especialmente el clivaje entre defensores de la izquierda nacionalista –como Cárdenas y Lombardo Toledano– y el amplio frente que reunía a los opositores del impulso cardenista.68 Sin embargo, y a pesar de su claro sesgo anticardenista, las actividades del CLC en México no pueden ser vistas solamente como una expresión más del creciente conservadurismo de las élites de la época del desarrollo estabilizador. Si bien es cierto que para algunos de sus colaboradores, el cardenismo y la “Revolución Mexicana [habían producido] un impacto terrible en todos los órdenes de la vida social del país” y promovido una “franca orientación socialista”,69 la intención del liderazgo de la sede mexicana del CLC no era presentarse como paladines de la derecha. Su principal operador, García Treviño, se esforzó por presentar a la asociación como un espacio intermedio, marcado por la adopción de una clara postura antitotalitaria, así como por un rechazo a lo que llamaba “el estúpido clero mexicano”.70

A pesar del innegable impulso anticomunista de sus orígenes, el CLC en México no fue una plataforma para el conservadurismo sino, antes bien, un foro para los primeros ensayos de un liberalismo de tintes cosmopolitas y pluralistas que unas décadas después sería promovido fervientemente por los principales intelectuales públicos del país. A pesar del descrédito causado por las revelaciones de 1967, el CLC sirvió como un importante espacio para la difusión de un “espíritu liberal” basado en la defensa intelectual de “estándares universalmente válidos de devoción por la verdad” y el cultivo de un pensamiento “antiideológico [y] antiutópico”.71 En México, este nuevo mito liberal contribuyó al establecimiento de un ideal cultural e intelectual enfocado en el peligro que lo que el joven Paz en 1958 denominaba “las doctrinas y los sistemas” representaba para la verdadera libertad creativa y de pensamiento. Para Paz, solo este nuevo espíritu podría garantizar independencia del pensamiento respecto al poder político y asegurar la superación del totalitarismo cultural que, en nombre de la paz y la igualdad, buscaban la ciega obediencia y “la negación del otro”.72 En décadas posteriores, esta visión liberal alimentó la agenda cultural de figuras como Paz, enfocada en la defensa del pluralismo intelectual, el cosmopolitismo y la promoción de espacios de debate liberados de la “sombra del presupuesto gubernamental” y definidos por la intención de competir en “el libre mercado de las ideas”.73 Durante la década de 1970, Paz se declaró consistentemente partidario del liberalismo anticomunista defendido por viejos entusiastas del socialismo, activos en el Atlántico Norte como Daniel Bell, Irving Howe y Irving Kristol. En Los hijos del limo (1972) y El ogro filantrópico (1979), Paz exploró el espinoso tema de la relación entre arte y poder político, la amenaza que la defensa declarada de una posición ideológica representaba para la libertad del pensamiento, así como los excesos de los regímenes socialistas surgidos a lo largo del siglo XX. Para el futuro premio nobel, el antídoto a estos peligros se hallaba en la defensa del pluralismo liberal que, al representar la competencia entre los intereses legítimos de distintas facciones de la sociedad, debía reemplazar al principio marxista de la lucha de clases defendido por la política revolucionaria de izquierda desde mediados del siglo XIX. Esta postura fue retomada con entusiasmo por colaboradores más jóvenes de Paz, como Gabriel Zaid y Enrique Krauze, quienes durante aquellos años se posicionaban abiertamente del lado anticomunista de la frontera que dividía a los intelectuales latinoamericanos y, temerosos de ser asociados con la derecha conservadora, se declaraban defensores de una visión democrática compatible con el libre mercado.74

De igual forma, la trayectoria del CLC en México es central para la historia nacional de la figura del “empresario cultural”, encarnado durante los primeros años de la Guerra Fría en las figuras de Gorkin y García Treviño.75 En el país, durante la segunda mitad del siglo XX, el defensor más importante de este ideal de autonomía y libertad cultural fue el propio Paz, quien, como hemos visto, tuvo cercana relación con la sede mexicana del CLC. Las empresas editoriales impulsadas por el ganador del Premio Nobel, Plural y Vuelta, y aquellas que retomaron su impulso tras su muerte –en especial Letras Libres dirigida por Krauze– encarnan a la perfección el “espíritu liberal” que, durante las décadas de 1950 y 1960, defendieron los promotores del ideal de la libertad de la cultura en México. A través de la continuidad establecida entre estas empresas culturales y el impulso básico del CLC –identificable en la republicación periódica y constante celebración en las páginas de las revistas mexicanas de textos de figuras cercanas al ideario y programa del CLC, como Bell, Aron, Shils, Burnham o Isaiah Berlin– la labor editorial de los liberales mexicanos contribuyó no sólo a la popularización del dogma “antiideológico” del liberalismo de la Guerra Fría sino también a la identificación de la izquierda con el espectro del totalitarismo y el autoritarismo.

Más allá de los nexos a través de los que se vinculó la vida intelectual mexicana de la temprana Guerra Fría con corrientes transcontinentales de debate, resulta claro que la historia del CLC en México ayuda a esclarecer algunas de las contradicciones intrínsecas al “espíritu liberal” de la época y a la labor del empresario cultural gestado bajo su manto en el país durante la segunda mitad del siglo XX. Si bien es cierto que desde su fundación el CLC se preció de representar un espacio de discusión e intercambio al margen del poder estatal, y enfocado en la libertad de los intelectuales para relacionarse como iguales a través de las fronteras nacionales, en México encontramos que desde un inicio este impulso se desarrolló con el respaldo del poder del Estado. En el momento de su fundación en 1953, la sede mexicana del CLC no sólo se sirvió del apoyo del Instituto Nacional de Bellas Artes y de la UNAM sino que contó con el apoyo informal del presidente de la República, Ruiz Cortinez.76 En años siguientes, esto se complementó con la ayuda recibida por jueces, autoridades universitarias e incluso el jefe del Departamento del Distrito Federal, Ernesto P. Uruchurtu.77 Aunque la ilusión de la autonomía fue defendida de puertas para afuera, durante la temprana Guerra Fría la necesidad de colaborar con el Estado mexicano nunca fue cuestionada por los principales defensores de la libertad de la cultura en el país.

1.

Una respuesta a las profundas transformaciones causadas por el alza del capitalismo industrial y los alzamientos revolucionarios de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX en Europa, el liberalismo es una de las más influyentes filosofías políticas y morales de los últimos dos siglos. En sus diferentes vertientes, el liberalismo combina una aversión al poder autocrático –o totalitario– con una airada defensa de la libertad y la propiedad individual. Durante la segunda mitad del siglo XIX, sus promotores entraron en conflicto con defensores del socialismo y, durante las primeras décadas del siglo XX, con los regímenes comunistas y fascistas que emergieron de la Primera Guerra Mundial. En este artículo, nos enfocaremos en las encarnaciones del liberalismo gestadas durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y, en especial, en el llamado liberalismo de la Guerra Fría, del cual hablaremos más adelante. Para un recorrido por la compleja historia intelectual y política del liberalismo, véase Fawcett, Liberalism.

2.

En su influyente libro sobre la historia de la “Guerra Fría cultural”, Frances Stonor Saunders (CIA y la Guerra Fría cultural) afirma que hubo importantes intelectuales y artistas afincados en las capitales culturales del Atlántico Norte que estaban al tanto del involucramiento de la CIA en la organización y financiamiento de importantes revistas, editoriales y eventos antes de 1967. Sin embargo, en el caso de México, no he podido confirmar que este haya sido el caso.

3.

Scott-Smith, Politics of Apolitical Culture, 2–6.

4.

Schlesinger estuvo presente y activo en la primera sesión del CLC. “Congrès pour la liberté de la culture, séance du 30 novembre 1950”, caja 56, exp. 7, International Association for Cultural Freedom Records (IACFR), University of Chicago Library. La cita es de Schlesinger, Vital Center, cap. 11, “Freedom: A Fighting Faith” (traducción mía).

5.

Al respecto, véase Anderson, “Character and Ideology”.

6.

Esta expresión fue acuñada por Saunders en CIA y la Guerra Fría cultural y ha sido usada para referirse al contexto latinoamericano en Calandra y Franco, Guerra Fría cultural; Iber, Neither Peace nor Freedom. Sobre la historia de su presencia en la Europa occidental y los Estados Unidos, véanse Coleman, Liberal Conspiracy; Scott-Smith, Politics of Apolitical Culture; “Congress for Cultural Freedom”; “‘Masterpieces’”; y Miller Harris, CIA and the Congress.

7..

Iber, Neither Peace nor Freedom; Pullin, “‘Money Does not Make’”.

8..

Ruiz Galvete, “Cuadernos del Congreso”.

9.

Jannello, “Congreso por la Libertad”; “Liberal Intelligentsia”; Germán Alburquerque, La Trinchera letrada.

10..

Franco, Decline and Fall.

11.

Holt, “‘Bread or freedom’”.

12.

Burke, “‘Real Problems to Discuss’”.

13.

“Congrès pour la liberté de la culture, séance du 27 novembre 1950”, caja 56, exp. 7, IACFR; y Reunión de 10 de febrero de 1951, 10 h. 30, caja 56, exp. 8, IACFR.

14.

Nicolas Nabokov a Mauricio Magdaleno, 28 de septiembre de 1953, caja 222, exp. 5, IACFR.

15.

Keith Botsford, informe sobre México, septiembre de 1964, caja 561, exp. 14a, IACFR.

16.

Amat, “Semilla del liberalismo”, 29–39; Iber, Neither Peace nor Freedom.

17.

Durante su paso por México (1940–48), Gorkin fundó las editoriales Ediciones Libres y Ediciones Quetzal, desde donde publicaría títulos como Caníbales políticos (Hitler y Stalin en España) y la traducción del libro de Serge Hitler contra Stalin.

18.

Sobre su trayectoria antes de 1940, véase Rivera Mir, Edición y comunismo, 150–66.

19.

Rodrigo García Treviño a Julián Gorkin, 6 de octubre de 1953, caja 222, exp. 5, IACFR.

20.

Rivera Mir, Edición y comunismo, 151.

21.

García Treviño, Rusia de hoy; Injerencia rusa en México.

22.

Crespo, “Comunismo mexicano”.

23.

“Report by Julián Gorkin on Congress for Cultural Freedom in Latin America”, 1954, caja 57a, exp. 1, IACFR.

24.

García Treviño a Gorkin, 23 de noviembre de 1953, caja 222, exp. 5, IACFR.

25.

“Inauguración de la Sala de la Libertad, Donceles 91-Pasaje Catedral, local 106”, 28 de agosto de 1954, caja 222, exp. 5, IACFR.

26.

“Activities of the Latin American Committees of the Congress for Cultural Freedom during the Last Six Months of 1954”, caja 57a, exp. 1, IACFR.

27.

Scott-Smith, “‘Masterpieces’”.

28.

“Report by Julián Gorkin on Congress for Cultural Freedom in Latin America”, caja 57, exp. 5, IACFR.

29.

García Treviño a Gorkin, 12 de enero de 1955, caja 93, exp. 5, IACFR.

30.

Paz, Laberinto de la soledad, 317.

31.

Al respecto, véase Cohn, “Mexican Intelligentsia”.

32.

García Treviño a Gorkin, 13 de diciembre de 1954 y 17 de junio de 1955, caja 93,y exp. 5, IACFR.

33.

García Treviño a Gorkin, 9 de marzo de 1955, caja 93, exp. 5, IACFR.

34.

Gorkin a García Treviño, 25 de febrero de 1955, caja 93, exp. 5, IACFR.

35.

“Activities of the Latin American Committees of the Congress for Cultural Freedom during the Last Six Months of 1954”, caja 57a, exp. 1, IACFR.

36.

Gorkin a García Treviño, 14 de junio de 1955, caja 93, exp. 5, IACFR.

37.

Scott-Smith, “Congress for Cultural Freedom”.

38.

Burke, “‘Real Problems to Discuss’”.

39.

Michael Polanyi, citado en Shils, “End of Ideology?”, 58.

40.

Gorkin a García Treviño, 14 de junio de 1955, caja 93, exp. 5, IACFR.

41.

Gorkin a García Treviño, 13 de enero de 1956, caja 93, exp. 5, IACFR.

42.

“Programa Conferencia Interamericana del Congreso por la Libertad de la Cultura”, caja 237, exp. 10, IACFR.

43.

Gorkin, informe sobre la Conferencia de México, 24 de octubre de 1956, caja 237, exp. 12, IACFR.

44.

“Discurso del Sr. Salvador de Madariaga en el acto de clausura de la Conferencia del Congreso por la Libertad de la Cultura en el Palacio de Bellas Artes”, 26 de septiembre de 1956, caja 237, exp. 12, IACFR.

45.

“‘México en la Libertad de la Cultura’”: discurso pronunciado por Mauricio Magdaleno en la acto de Inauguración de la Conferencia Interamericana del Congreso por la Libertad de la Cultura”, 18 de septiembre de 1956, caja 238, exp. 3, IACFR.

46.

Gorkin, informe sobre la Conferencia de México, 24 de octubre de 1956, caja 237, exp. 12, IACFR.

47.

“Directiva y comisiones de la AMLC, electas en asamblea general celebrada el 27 de junio de 1957”, caja 215, exp. 3, IACFR.

48.

García Treviño a John Hunt, 21 de marzo de 1958, caja 215, exp. 3, IACFR.

49.

Iber, “Cold War Politics.”

50.

Gorkin, “Proyecto de Congreso Interconintenal de México”, 4 de mayo de 1960, caja 219, exp. 8a, IACFR.

51.

Michael Josselson a Gorkin, 26 de mayo de 1954, caja 2, exp. 5, IACFR, citado en Glondys, “Dismissals”.

52.

“Actividades del Comité Mexicano del Congreso por la Libertad de la Cultura”, caja 216, exp. 5b, IACFR.

53.

Gorkin a García Treviño, 16 de septiembre de 1959, caja 218, exp. 6, IACFR.

54.

“Latin American Meeting: January 16–17, 1963”, caja 215, exp. 8, IACFR.

55.

Iber, “Cold War Politics”.

56.

Ibíd., 266.

57.

Hunt a Lic. Salvador Pineda, 16 de septiembre de 1963, caja 215, exp. 8, IACFR.

58.

Botsford, “Report on Mexico”, septiembre de 1964, caja 561, exp. 14a, IACFR.

59.

Botsford and Luis Mercier Vega, “Draft Memorandum on Latin America”, 14 de mayo de 1963, caja 561, exp. 13, IACFR.

60.

Ibíd.

61.

Botsford, “Report on Mexico”, septiembre de 1964, caja 561, exp. 14a, IACFR.

62.

Botsford and Mercier Vega, “Draft Memorandum on Latin America”, 14 de mayo de 1963, caja 561, exp. 13, IACFR.

63.

Ibíd.

64.

Botsford, “Report on Mexico”, septiembre de 1964, caja 561, exp. 14a, pp. 25–26, IACFR.

65.

“Report by Julián Gorkin on Congress for Cultural Freedom in Latin America”, caja 57, exp. 5, p. 3, IACFR.

66.

Gorkin, “Report on Latin America”, caja 57a, exp. 1, IACFR; cursivas mías.

67.

García Treviño a Gorkin, 28 de septiembre de 1954, caja 222, exp. 5, IACFR.

68.

Véanse Brands, Latin America’s Cold War; Loaeza, “Estados Unidos”.

69.

Héctor Villegas a Gorkin, 10 de enero de 1960, caja 220, exp. 10, IACFR.

70.

García Treviño a Gorkin, 13 de diciembre de 1954, caja 93, exp. 5, IACFR.

71.

“Statement Prepared by Prabhakar Padhye for the 1962 Biennal Meeting of the Indian Committee for Cultural Freedom”, 22 de agosto de 1962, caja 181, exp. 6, p. 3, IACFR; “Entrevista con Gorkín, el director de Cuadernos”, recorte de prensa, octubre de 1956, caja 95, exp. 4, IACFR.

72.

Octavio Paz, “El caso de Pasternak”, Diorama, sección dominical del Excélsior, 2 de noviembre de 1958, 1.

73.

García Treviño a Gorkin, 20 de septiembre de 1960, caja 219, exp. 8b, IACFR.

74.

Sobre la deriva liberal y neoliberal de la intelectualidad mexicana, especialmente durante las décadas de 1970 y 1980, véanse los trabajos siguientes: Sánchez Prado, “Claiming Liberalism”; Bloch, “Vuelta”; Lemus, Breve historia, 25–58.

75.

Iber ha hecho referencia a la importancia de entender la figura de Gorkin principalmente como un emprendedor cultural anticomunista. Neither Peace nor Freedom, cap. 3.

76.

Gorkin, “The Congress for Cultural Freedom in Latin America”, 1953, caja 215, exp. 1, IACFR.

77.

Víctor Alba a Francois Bondy, 2 de junio de 1953, caja 214, exp. 5, IACFR

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