La participación en la guerra de independencia de México de “negros”, “mulatos” y otras denominaciones de los descendientes de quienes fueron traídos a la Nueva España como esclavos desde el África subsahariana ha sido considerablemente relegada por la historia oficial posterior. Tal abandono historiográfico se debió a una exclusión surgida desde la época fundacional de la nación. En primera instancia, la perspectiva criolla presentaba una evocación romántica del pasado prehispánico y los aportes de la cultura peninsular y católica. En segunda instancia, el mito del mestizaje, que manifestaba que los mexicanos son el resultado prístino y gradual de una mezcla exclusiva entre “indios” y “españoles”, dio origen a la “raza cósmica”. Por otro lado, la participación de los “afrodescendientes” en la guerra de independencia también ha sufrido un tratamiento parcial y al margen de la realidad social al presentarlos como una comunidad identitaria aparte o los portadores de una supuesta conciencia racial reivindicativa y exclusiva. Desde una perspectiva matizada, este artículo muestra como negros y mulatos experimentaron identidades ambivalentes. Por una parte, estuvieron insertos en diversas identidades de las estructuras de antiguo régimen –por ejemplo, corporaciones y estamentos–. Por otra parte, tales identidades se usaban con una gran ductilidad y flexibilidad en el contexto novohispano. Este ensayo abunda en la complejidad de tales identidades en las que se vieron involucrados los negros y mulatos, o los “morenos” y “pardos”, desde su incorporación a los ejércitos hispanos hasta su participación en la revolución de independencia. De forma concreta, muestra que negros y mulatos formaron parte tanto de las fuerzas realistas como de las insurgentes en las regiones del Golfo y Pacífico durante el período 1767–1810.

The participation in the Mexican War of Independence of Black people, “mulattoes,” and other denominations of the descendants of those who were brought to New Spain as slaves from sub-Saharan Africa has been considerably neglected by the official history. Such historiographical abandonment is due to the exclusion of these groups since the time of the founding of the nation. First, the Creole perspective presented a romantic evocation of the pre-Hispanic past and the contributions of the peninsular and Catholic culture. Second, the myth of mestizaje, which stated that Mexicans are the pristine and gradual result of an exclusive mix between “Indians” and “Spaniards,” gave rise to the “cosmic race.” At the same time, the participation of the “Afrodescendants” in the war of independence has also suffered an incomplete treatment, as they are presented as on the fringes of society with a separate identity or as the bearers of a supposedly vindictive and exclusive racial consciousness. From a more nuanced perspective, this article examines how Black people and mulattoes experienced ambivalent identities. On the one hand, they developed a diverse set of identities embedded in the structures of the old regime—for example, corporations and social hierarchies. On the other hand, such identities presented a great range of malleability and flexibility in the historical context of New Spain. This essay examines the complexity of such identities in which Black people and mulatos, or the morenos and pardos, were involved, from their incorporation in the Spanish armies to their active participation in the war of independence. Hence, it shows that Black people and mulattoes were part of both the Royalist forces and the insurgent forces in the Gulf and Pacific regions during the period 1767–1810.

La participación en la guerra de independencia de México de “negros”, “mulatos” y otras denominaciones de los descendientes de quienes fueron traídos a la Nueva España como esclavos desde el África subsahariana ha sido, en gran medida, dejada de lado por la historia oficial postrera. Más allá de la lectura que se hizo de la guerra de independencia y de la construcción de la nación en la historia oficial, al referirse a negros y mulatos se ha insistido más en los sectores minoritarios que permanecieron en la esclavitud –supuestamente de manera pasiva– hasta ser abolida ésta por los ejércitos insurgentes y los primeros gobiernos nacionales. Por otro lado, la conciencia criolla, materia prima en la construcción de la idea de nación, ocultó gran parte de la apreciación de la sociedad virreinal al reducirla a una contradicción única entre la evocación romántica del pasado prehispánico y los aportes de la cultura peninsular y católica. De esta forma, dejó de lado las complejas realidades –étnicas, raciales, políticas, económicas, militares y geográficas– del mestizaje, con sus respectivos territorios de frontera.

En otro sentido, y salvo algunas excepciones, la participación de los “afrodescendientes” en tal revolución ha sufrido también un tratamiento parcial y al margen de la realidad social, resaltando a veces el papel jugado por ciertos “héroes” evidentemente “de origen africano” –el general Vicente Guerrero o el cura José María Morelos y Pavón son los ejemplos más socorridos– como si éstos hubieran sido los líderes de una comunidad identitaria aparte o los portadores de una supuesta conciencia racial reivindicativa y exclusiva de los negros y mulatos novohispanos.1 Esta mirada sin duda se remite a una falta de comprensión de la forma como esta población, que no era para nada extraña al cuerpo social de la época, se hallaba inserta y plenamente integrada en los diversos espacios regionales y sociales de la Nueva España. Sus orígenes africanos estaban muy atrás, a veces a más de tres generaciones, y era una población heterogénea que interactuaba desde el siglo XVI en ambientes rurales y urbanos de variada composición. Precisamente, uno de los productos más sutiles de la visión construida de la historia de México es considerar “naturales” y patrimoniales a los “indios” (nuestros indígenas, resulta hoy la expresión paternalista más usada), y más o menos integrados a los españoles peninsulares y criollos (los nacidos en México y nunca “de origen español”) –los cuales serán después “mexicanos” (en general “criollos” y los “mestizos” de “español e india”)–. Pero esta visión considera siempre extraños a los negros y mulatos: ellos, hasta hoy, cuando aparecen mencionados, son siempre “africanos” o “afrodescendientes”, y por extensión esclavos. Una copla popular de la época de la Independencia, atribuida al legendario Negrito Poeta, parece rebelarse contra ese proceso de extrañamiento:

Aunque soy de raza conga

yo no he nacido africano,

soy de nación mexicano

y nacido en Almolonga.

Sin embargo, gran parte del proceso de “extrañamiento” de los negros y mulatos novohispanos comenzó a forjarse en el curso de la creación de una “conciencia criolla” centrada en lo español-americano desde fines del periodo virreinal, y persiste hasta hoy, tanto en el imaginario popular como en las apreciaciones de las ciencias sociales.

En términos generales, podemos apreciar que muchas de las confusiones provienen de tomar de manera demasiado textual las características reales del sistema “de castas” que trató de implantar la Corona de Castilla en la Nueva España: un orden que jurídicamente constituía un sistema de representaciones ideal aplicado sobre todo a la “calidad” y al color de las personas y a sus obligaciones fiscales, un sistema fuertemente discriminatorio pero que estaba lejos de ser una realidad social rígida. La Nueva España nunca fue tampoco, a pesar de haber existido una trata de esclavos organizada, un enclave de plantación o una sociedad de tipo esclavista, pues el trabajo esclavo –en su mayoría fuera del sector primario– no era la base de la economía colonial y empezó a declinar desde principios del siglo XVIII. Es por eso que la abolición de la esclavitud, decretada por los líderes insurgentes desde 1810, fue, más que nada, una consigna declarativa que no afectaba en absoluto las bases del régimen virreinal novohispano. Así que hay dos aspectos de la reconstrucción de ese pasado que han impedido ver de manera más clara las particularidades de la sociedad local: el tema de las castas y el extendido mito del mestizaje, pues ambos han sido objeto de una importante operación discursiva, sobre todo después de la Independencia.

El mestizaje como mito fue uno de los componentes básicos del discurso autorreferente de los criollos y ha persistido hasta hoy fuertemente anclado en el imaginario nacional, el cual sigue refiriéndose al obsoleto concepto de raza como algo inamovible: como si las diferencias fenotípicas en las que se basan las clasificaciones raciales fueran apoyadas en diferencias genéticas significativas (sobre todo el color de la piel y el tipo de cabello) y no fueran más bien el resultado de la adaptación al medio o características que pueden variar significativamente de una generación a otra.2 La esencia de esto en la conciencia criolla (que llega hasta Justo Sierra, Vicente Riva Palacio y Andrés Molina Enríquez a fines del siglo XIX, y José Vasconcelos poco después) termina siendo la generalizada idea de que la población mexicana es el resultado prístino y gradual de una mezcla exclusiva entre “indios” y “españoles”, la que da origen a la raza cósmica de la que supuestamente descienden todos los mexicanos actuales.3

La misma noción clasificatoria, basada en la obsesión hispana por la “pureza de sangre” (algo que se remonta a los siglos de la Reconquista) fue profusamente representada en México y el Perú en los famosos “cuadros de castas”, abundando sobre una gran cantidad de nombres que se daban a supuestas “mezclas” raciales –nombres que han fascinado a historiadores y antropólogos pero que, en su mayoría, jamás se aplicaron en la vida real–. Estas pinturas describían categorías muy detalladas de estas “mezclas”, como si fuera posible seguir por generaciones estas genealogías minuciosas y barrocas o distinguir a simple vista, por ejemplo, a un “barcino” de un “coyote”, a un “mestizo” de un “no te entiendo” o a un “lobo” de un “mulato”. Lo curioso es que sobre esta red de oposiciones raciales imaginarias, cuyas aristas en un triángulo perfecto permitiría colocar a los “blancos”, los “negros” y los “indios”, y al interior de éste la posición exacta de cada “casta” –como lo ha intentado Aguirre Beltrán en un curioso diagrama de “clasificación colorida”4–; es difícil sustentar una reconstrucción histórica, aún más cuando en los documentos coloniales no aparece nunca el inventario completo de estas denominaciones (que son más apodos populares que categorías oficiales), o cuando las personas, al cambiar de estatus, también cambiaban de “color” y de “calidad”. Si a ello agregamos las identidades asumidas por personas y grupos a lo largo de su vida, la cuestión se complica al infinito. Resulta además paradójico que los cuadros de castas son un reconocimiento, desde el poder y desde la imagen, de la naturaleza de “mezcla” de las sociedades americanas, así como de lo imprescindible que resulta la herencia africana en esas posibilidades de intercambio genético.

Es en esta galaxia dominante de representaciones idealizadas en donde los dirigentes de cercano o lejano origen peninsular –todos los que militaban dentro de la “facción criolla” de la guerra de independencia, de extracción urbana, cultura libresca e ideas liberales a la europea– terminaron unificando un discurso que venía de muchos autores anteriores, desde Clavijero a Fray Servando Teresa de Mier. Todo esto incluido en una narrativa autonómica que reforzaba la creencia en una pertenencia distinta a la peninsular, la de los españolamericanos que se consideraban –después de haber sido excluidos de la mayoría de los altos cargos– como parte decisiva de una “patria” cada vez más suya. En esta narrativa, el abigarramiento social sobre el que habían predominado (y en el que ocupaban posiciones de privilegio) servía ahora de pretexto para construir un nuevo imaginario, una cuenca semántica nutrida de afluentes locales que venían desde el siglo XVII por lo menos. Esta identidad se basaba a menudo en la patria chica, la provincia, la intendencia o la ciudad, no en la nación como hoy la entendemos. En el ámbito de las ideas y de las acciones emprendidas desde 1810, el surgimiento de esa autoconciencia (provista, como todas las identidades, de límites y exclusiones muy precisas)5 –originada de la convicción todavía amorfa de ser un pueblo distinto al de la madre patria que los rechazaba– nació sin duda la idea de que la emancipación era posible. Era una identidad basada en la convicción de que la cultura novohispana, “mexicana” o del “Anáhuac” (o incluso “americana”), era el fruto singular de lo “indio” y lo “europeo”, cuyos herederos naturales eran los “criollos”,6 aunque muchos de los autodenominados criollos fueran negros y mulatos (como ocurría en Veracruz, Acapulco, Colima y otros lugares en donde había poca población hispana radicada) –no importando tampoco que los verdaderos herederos de las culturas prehispánicas ocuparan ahora los estratos sociales más pobres, o que otras herencias de lo que después sería el “pueblo mexicano”, y que estaban sobre todo en las masas intermedias de las “castas”, tuvieran otros orígenes–. Fue así como la herencia africana –presente en la mayoría de las castas: negros, mulatos, zambos, genízaros, lobos, mestizos, etcétera– fue definitivamente expulsada del imaginario nacional naciente y sujeta a un proceso aplastante de invisibilidad, desconocimiento y, sobre todo, “extrañeza”.

Y es que la tendencia principal del flujo de las identidades es crear y movilizar ciertas identificaciones y sistemas de lealtades, pero siempre en relación con su entorno y tal y como eran visualizadas por las élites criollas en cada momento. Aquí por supuesto, opera lo que podríamos llamar el “contexto histórico” y la exacerbación de una serie de condiciones que precipitan el rompimiento con la metrópoli y su monarquía ausente y decadente. La historia virreinal, por su parte y como antecedente de todo esto, está llena de paradojas en lo que concierne al uso interesado y ambivalente de las identidades y las denominaciones hacia “los otros”, antes de que éstas se articularan alrededor de lo “nacional” y en el sentimiento patriótico de los criollos o de que se diluyeran las unas en las otras. El mundo virreinal permite verlo con más nitidez debido a su naturaleza de antiguo régimen, en donde la adscripción de los súbditos estaba separada en repúblicas, castas, razas, estados, calidades, órdenes y situaciones de poder muy distintivas y de las que era difícil escapar. En este contexto, casi todas las asociaciones eran básicamente involuntarias, porque eran impuestas y adscritas a los individuos dentro de un sistema de estamentos y corporaciones al interior del cual se nacía. Este mundo, sin embargo, y como lo han demostrado muchos, mostraba también una enorme ductilidad y flexibilidad en el manejo interesado y negociado de muchas identidades ambivalentes: es más, esa pugna permanente por la identificación y el reconocimiento marcó el proceso de formación posterior de las formas republicanas (conservadoras y liberales) y de sus usos políticos.7

Este ensayo busca abundar en una situación más compleja en la que se vieron involucrados los “negros” y “mulatos”, o los “morenos” y “pardos” (como fueron catalogados de manera más escueta y pudorosa desde finales del siglo XVII), la cual se situaría entre los extremos de prescripción y flexibilidad.8 De esta manera, procura matizar al evaluar la participación de éstos en grupos armados de toda índole en las regiones del Golfo y Pacífico durante 1767–1810. Pues una vez estallada la guerra, formarían parte tanto de las fuerzas realistas y leales a la Corona como de los núcleos insurgentes más diversos. Así, conglomerados más amplios –de criollos, mestizos, castas o cualquier cosa que estas palabras puedan significar en cada región– formaban complejos territoriales muy extensos que aceleraron la recomposición de sus identidades y cuya participación militar es la expresión última de los sectores de negros y mulatos libres que se reproducían en las clases intermedias rurales y urbanas: rancheros, arrendatarios, campesinos pobres, artesanos, arrieros, bandidos, trabajadores de todo tipo, que desde siglos atrás habían sido eventualmente convocados para tareas militares de defensa y seguridad pública. No fueron los únicos, pues en los prolegómenos de esta guerra, como veremos, los esclavos de haciendas y plantaciones tendrán también una importante participación insurreccional.

Este ensayo se divide en cuatro partes. La primera sección presenta los primeros momentos en la introducción de negros, mulatos y linajes relacionados en las fuerzas armadas de la América española. La segunda sección muestra las transformaciones en el conjunto del Imperio español con la creciente participación de negros y mulatos en el ejército novohispano. La tercera parte explica el papel de negros y mulatos tanto en los ejércitos realistas como en los insurgentes durante la guerra de independencia. La última parte ofrece unas reflexiones finales sobre la cuestión de la relevancia, y su exclusión en la historia, de negros y mulatos en la revolución de independencia.

Durante los primeros dos siglos, la composición del ejército regular en la América española fue siempre fundamentalmente peninsular. Y todavía en el periodo de 1740 a 1760, la proporción de “soldados” –es decir, tropas bajo sueldo– de origen peninsular en la Nueva España nunca bajó del 62 por ciento del total. En algunas regiones vecinas, como en el Caribe, se prohibió expresamente que el número de soldados nacidos en América o de castas excediera el 20 por ciento, aún cuando existía también un arquetipo ideal de un ejército que debería ser mayoritariamente formado de criollos blancos. La legislación del siglo XVII evitaba que mestizos, indios, mulatos y negros se enlistaran como miembros del ejército regular y recibieran sueldos: por lo mismo, formaban más bien la base social de las milicias irregulares, muchas veces bajo el patrocinio de particulares, con el fin de que no adquirieran derechos como militares o de que no ascendieran a la oficialidad, pues el poder y el mando “los ensoberbecían”.

Las guarniciones del siglo XVII proceden del envío de tropas pagadas por la Corona, destinadas a las principales fortalezas. Estas “compañías de presidio”, formadas en su mayoría por españoles peninsulares, tienen su origen en la estructura del tercio, y como tales, contaban con un capitán, un alférez, un sargento, un abanderado, dos tambores, un pífano, un paje de rodela, un barbero, cuatro cabos de escuadra, diecinueve “aventajados”, dieciocho mosqueteros, veinte arcabuceros y un capellán.9

En sus orígenes, los Lanceros de Veracruz –una de las primeras formaciones que involucraban a los negros y mulatos– eran un tipo de milicia mixta destinada a la defensa contra los piratas, milicias de vaqueros criollos, pardos y negros, armados con las típicas lanzas y desjarretaderas que se usaban para la captura y arreo del ganado mayor de las haciendas del litoral hacia el altiplano. Estos lanceros del hinterland ganadero del puerto dependían de la oficialidad española y se combinaban también con las actividades de vigía y patrullaje de la Armada de Barlovento, flota militar bastante inoperante que funcionó entre 1637 y 1750, y que, destinada a la defensa del Caribe, permanecía la mayor parte del tiempo estacionada en Veracruz, prestándose a muchas corruptelas de las autoridades coloniales –o como lo dijo Francisco de Seijas y Lobera, un enviado secreto de la Corona, en 1702, “La Armada de Barlovento no tiene navíos con qué formarse como se debe…de suerte que sólo sirve, esta Armada de Barlovento que siempre está a Sotavento, de dar medios para que los Virreyes se hagan poderosos a costa de sus situaciones”.10

Desde finales del siglo XVII, y una vez asentadas las relaciones entre tropas regulares y sueltas, se exacerbaron también los conflictos entre las milicias de negros y mulatos de Veracruz, con otras milicias foráneas: como las traídas por las tropas españolas y formadas por africanos de Guinea –el Batallón de Guinea– en el contexto del control y la represión de los motines de tropas peninsulares que se sucedieron en el castillo de San Juan de Ulúa desde 168811 hasta 1718, por lo menos.12 Estos motines periódicos se debían al atraso en el pago de los jornales, a la falta del “pan de munición” y a la corrupción de la tienda de raya o “taberna” –también llamada “bayuca de la fortaleza”– tumultos que fueron severamente reprimidos por estos negros de Guinea, causando malestar y zozobra en el vecindario veracruzano, hasta que los españoles regresaron las tropas a Cuba y España para evitar mayores enfrentamientos. De hecho, su ingreso a Veracruz había sido motivado por las simpatías que estos motines de soldados españoles de la compañía del presidio habían tenido entre los milicianos lanceros, así como por el temor de que sus protestas se extendieran por todo el cuerpo social del puerto y su región, a través de las redes locales de complicidad establecidas entre los criollos, los soldados peninsulares y la “chusma local”: pues la tropa peninsular era reclutada en España en las cárceles y en el bajo pueblo, y rebelada en América, desertaba y se sumaba aquí a los enemigos del orden.

Para 1702, la visión de Seijas era realmente negativa acerca de la situación de la defensa en Veracruz y de la posibilidad de seguir usando a los milicianos de color y permitiendo que se relacionaran de tú a tú con los españoles peninsulares. Seijas insiste en la experiencia desgraciada de los ataques de filibusteros al puerto, principalmente el de Lorencillo en 1683 y el de un tal “Tomás Candiche” (Thomas Cavendish), que con once navíos ingleses atacó sin éxito la fortaleza en 1685. Para Seijas, el castillo de San Juan de Ulúa

es un mero gallinero, cárcel de los desterrados, que debiendo tener cuando menos, 300 hombres de infantería y todo lo demás que conduce a la artillería, no tiene más que algunas veces, el castellano, el sargento mayor y algunos oficiales con algunos desterrados, que no suelen llegar en todos a ser, con los operarios, 60 hombres…porque demás de la taberna que se tiene en el castillo, se tiene apoderado de los sueldos de los soldados, por lo que en ella se les vende con precios excesivos a crédito.13

Para el enviado real, Veracruz es sólo una aldea sobre un arenal, rodeada de una estacada, de una muralla aparente, o como él lo expresa en su informe,

Con nueve baluartes y siendo el dicho recinto de muralla de dos varas de alto y todo el recinto de ella coronado de estacas, a modo de estacada exterior, costó cada estaca al Rey puesta sobre dicha muralla, siete pesos de escudos de plata, no valiendo aun un peso cada estaca, y…sin entrar en ella por las puertas, se puede entrar sobre los bancos de arena que conducen los vientos.14

Se queja del contrabando abierto en la isla de Sacrificios y en el puerto de Alvarado, de la corrupción de los oficiales reales y del castellano de San Juan de Ulúa, y propone varias mejoras, que terminarían por hacerse hasta después de setenta años. Entre las reformas que propone, la de reforzar las milicias refleja todos los titubeos, prejuicios raciales y contradicciones que caracterizaron a la visión de las autoridades coloniales sobre este punto.

Por un lado, Seijas piensa que se deben formar dos compañías de lanceros, de cincuenta hombres cada una: una de mulatos libres y otra de negros libres, pagados con sueldos de la Corona, al igual que las tropas españolas. Según él, esto ofrece muchas ventajas:

Éstas deben ser de gente de la ínfima del país, pues no hay cosa más a propósito para el efecto que los negros y mulatos y cuarterones y zambos. Por lo cual, considerando que es gente de fatiga y que a mucho menos costa se podrán mantener, y que hay entre ellos muchos hombres de valor…y enseñados a todo género de climas y temperamentos, servirán de mucha utilidad para las patrullas y para las vigías.15

Pero, por otro lado, al proponer una compañía de soldados de a caballo, de lanceros negros, manifiesta todos los prejuicios anteriores y prácticamente propone que nunca operen del todo armados:

A los dichos negros y mulatos no se les debe permitir el que usen de armas de espada y daga, ni puñales ni algún género de armas de fuego, porque no es conveniente ni seguro al servicio del Rey el que la muchedumbre de chusma de negros y mulatos que hay en las Indias use de dichas armas, porque se pueden sublevar y porque no hay razón justa ni política para que semejante género de calidad de esclavos, por ser hijos de ellos, gocen de las mismas preeminencias que los españoles, y así, por estas razones, como porque ya en muchas partes de las Indias se han amotinado causando muchos tumultos y riesgos de enteras sublevaciones, conviene al real servicio que en todas las Indias no se permita el que los dichos negros y mulatos libres usen de arma alguna ofensiva ni defensiva…sino sólo de las armas de lanza de vara larga, como las de los vaqueros, porque por ser ligeras serán más fáciles de manejar al modo de ellos y harán las mismas heridas, matando a cualquiera hombre del primer bote como las demás lanzas, teniendo la moharra de buena manera y corte, de buen acero y afilada como las demás lanzas, por ser para ellos, según su costumbre más a propósito, con las cuales y con un machete o alfanje que tenga cada soldado a caballo, bastará a cada compañía para hacer mucho daño a los enemigos.16

De esta manera, la Corona intentaría fomentar y, al mismo tiempo, restringir en ciertos ámbitos la participación de negros y mulatos en las fuerzas armadas novohispanas.

Pero en realidad, la formación de un ejército habilitado para la defensa de la Nueva España sólo pudo lograrse, parcialmente, a raíz de las amenazas surgidas en el Caribe desde mediados del siglo XVIII, y particularmente después de 1762, cuando los ingleses se apoderaron de La Habana, la Florida y Manila. Este acontecimiento precipitó las reformas borbónicas y la necesidad de crear una fuerza armada profesional, capaz de defender el “reino” y detener una eventual invasión inglesa de la Nueva España.

En la formación de las milicias, las autoridades civiles y militares tenían siempre actitudes ambivalentes hacia negros y mulatos: desprecio racial y aceptación de que eran los únicos hombres capaces –en especial “los de la tierra”– de penetrar los sitios más inaccesibles en busca de fugitivos, cimarrones y forajidos.17 Se les alababa por su lealtad a la Corona, al orden establecido y a la verdadera fe, pero, al mismo tiempo, se desconfiaba de ellos en virtud del riesgo de que emprendieran una hipotética rebelión. Para unos, eran “enemigos naturales armados”, para otros, los únicos capaces de resistir un asalto inglés a gran escala. La realidad es que la política de la Corona era producto de un cálculo frío: los negros y mulatos libres de la Nueva España no eran una mayoría de la población en el conjunto del Virreinato y se hallaban ya para la segunda mitad del siglo XVIII totalmente integrados a la “república de los españoles”, al orden prevaleciente. El mismo sistema económico novohispano había convertido en obsoleta y antieconómica la pervivencia de la esclavitud, y extensos sectores “afrodescendientes” habían históricamente migrado hacia diferentes grados de servidumbre y relativa libertad.

De principio, en su carácter de negros y mulatos libres, estos sectores intermedios tenían que pagar un tributo que los mantenía bajo control relativo, pues antes habían sido censados y ubicados en sus lugares de residencia. Las mismas reformas borbónicas, en su búsqueda de efectividad fiscal, se habían preocupado de que nadie, y en particular ellos, escaparan a esta obligación. Pero, en parte por las gestiones exitosas de sus “caudillos” y en parte por sus propias protestas, lograron ser exentos, junto con sus familias, del pago del consabido tributo desde 1764 –a raíz de una petición generada en el sur de Veracruz y que se extendió por casi todo el “reino”– lo que los colocaba en una situación de repentino privilegio que atrajo a familias enteras, quienes alegaban siempre tener un pariente cercano o lejano en la milicia, justificando con ello la exención del pago. Fue así como redes enteras de parientes enlazados en rancherías y amplias regiones rurales aprovecharon para exentarse de manera colectiva y territorial. Las primeras exenciones parciales del tributo se habían logrado en Veracruz desde mucho antes: a partir de 1679, cuando los capitanes mulatos Agustín Torres y Manuel Fernández Morgado se las arrancaron a la administración militar del puerto.18 Una segunda exención –debida a la que la primera se había ido diluyendo– decretada después por el virrey Marqués de Croix, dio a los milicianos una nueva posición de poder en los pequeños entornos en donde, si bien gozaban de libertad, habían sido equiparados antes a los tributarios indios. Así, estos civiles libres movilizados reclamaban la exención por su estatuto militar, mientras que la Corona, mientras podía, los consideraba sujetos de pago por ser miembros de las castas. El caso es que, hacia 1810, cuando estalló la guerra de independencia, había regiones muy estabilizadas en esta exención (definitivamente liberadas del impuesto) y otras en donde la amenaza del tributo se seguía esgrimiendo como una posibilidad: en buena medida, esto marcó el comportamiento de los pardos y morenos en esta guerra, ya sea como leales a la Corona o como rebeldes insurgentes en diferentes lugares y periodos de la contienda.

Así que para poder encasillar a esta población –originalmente para el cobro del tributo y después para las obligaciones militares– en muchas regiones del país, pero principalmente en las costas del Golfo y el Pacífico y los Reales de Minas, se recurrió al recurso de elaborar censos. Los resultados de estos censos, en el medio rural y urbano, mostraron que esta población de pardos y morenos no habitaba sitios exclusivos –o separados de otros grupos como había sido la intención del sistema desde el siglo XVI– sino que se hallaba entreverada con indios sueltos, españoles pobres y otros grupos de mezcla; esta situación dificultaba los “alardes de guerra” y el hacerlos converger de manera exclusiva en labores de defensa en caso de peligro.19 La creciente incapacidad de completar las cifras reglamentarias de la composición de los batallones y regimientos en grupos racialmente separados (de blancos, pardos y morenos) terminó por incidir también sobre la estructura militar misma, en la creación del ejército y en sus limitaciones y características posteriores –que se expresarán en una “desracialización” de las fuerzas armadas y en una lenta naturalización de las tropas y los mandos, en donde los cuerpos y batallones respondían cada vez menos al modelo de un ejército peninsular separado por categorías raciales, y cuyas barreras, por lo demás, eran fáciles de trasponer dada la enorme diversidad del mestizaje.20

En síntesis, la secuencia de las reformas en relación con las milicias de Veracruz y costa de Sotavento puede seguirse en una enorme masa documental que se produce a fines del siglo XVIII, y que resulta muy ilustrativa del grado de marasmo e indisciplina en que surgió el llamado ejército borbónico. Aquí en particular, y en función de su importancia estratégica, resultan reveladores los datos acerca de las milicias veracruzanas, las de pardos y morenos que tiempo después serán conocidos con el nombre genérico y despectivo de jarochos. Estas milicias operaban en el puerto, Alvarado, Cosamaloapan, Tuztla y Acayucan. En esta última jurisdicción se hallaban estacionadas en Acayucan, Chinameca, Moloacán y la barra del Coatzacoalcos.

Por otra parte, la desconfianza y los prejuicios acerca de los hombres de mezcla nunca desparecieron y surgen a menudo en los informes y cuadros de estados y reclutamiento. Así, por ejemplo, en un proyecto de los cuerpos milicianos de la Nueva España, que en 1784 preparó el coronel Francisco Crespo, comparó a estos mestizos de sangre negra con los gitanos españoles:

El gitano verdadero no tiene habitación permanente, vive sin pudor u orgullo, para él es irrelevante si está vestido o desnudo. Su ciencia es engañar o mentir y su inclinación, robar. Sus principales características son: la embriaguez, la lascivia, la vulgaridad, la terquedad y otros males. A mí me parece que éste es el más esmerado retrato del coyote, del salta atrás, del tente en el aire y de la mayoría de hombres de diferentes nombres que forman el infinito número de castas infestadas. Esta gente es más peligrosa que los gitanos, pues en Nueva España, las castas forman una hidra de tantas cabezas, que no pueden ser gobernadas. Están en todas partes, en las ciudades, en las minas, en las Provincias Internas, en las montañas y en las selvas de un país inmenso. Miran con profundo odio al noble español y con aversión y desprecio a los indios puros. Las castas no aceptan ni las honorables costumbres del primero ni la humildad y duro trabajo de los segundos.21

Esta caracterización casi no difiere de las recomendaciones hechas en 1780 por el teniente coronel Pedro Lasaga al comandante Antonio Pol, su sucesor para el trato del cuerpo de caballería de Lanceros de Veracruz, en donde se insiste en las costumbres trashumantes y montaraces de los milicianos jarochos:

Aun cuando se les quiera echar la ley, como sus habitaciones son dispersas, unos a otros se abrigan, y por sendas impracticables les llegan los avisos: de donde resulta, que acostumbrados a vivir como fieras, curtidos en las incomodidades de garrapatas, niguas, mosquitos, tigres, víboras y otros animales, y yerbas perjudiciales, con el desabrigo que todos admiran, si huyen no se logra su aprehensión, porque aún los guías de que cualquiera podría valerse, siendo compañeros, extravían los caminos hasta que llega a noticia del fugitivo la persecución.22

La negativa de los lanceros a vivir acuartelados se sumaba al poco alimento que recibían sus caballos, bestias acostumbradas a pastar sueltas y no a comer las raciones de maíz dispuestas por los militares. Además, “son gentes que no están acostumbradas a dormir en catre, y muchos ni aun a cubierto, les es sumamente penoso el estar sujetos a dormir dentro de las cuadras y en cama o catre”. Esta clase de soldados, según el teniente, es inclinada a chismes y conflictos, pues “cuando están en sus ranchos o pueblos, se experimentan iguales quejas de robos de bestias, daños de milpas o agravios particulares de sus personas”. Algunos vienen desde quince leguas de distancia, y todos “son sumamente viciosos en robos, incontinencias y embriagueces, siempre que tienen oportunidad para ello, vicios irremediables en esta gente”. En suma, resultan inútiles en caso de un ataque militar del enemigo. Sin embargo, en un padrón de personas aptas para el servicio, de enero de 1799, hecho por el comandante del cuerpo de Lanceros de Veracruz, se consigna que los pardos y morenos constituían la mayoría de una población masculina de tres mil individuos, y casi la única a la cual habría que recurrir en caso de un ataque. En la región del puerto, había entonces 654 españoles, 1,614 mestizos y 5,841 pardos y morenos hábiles para el combate.23

Fue así como a partir de 1780, y después del fracaso de varios proyectos iniciados por José de Gálvez y Juan de Villalba desde 1765, que la composición del naciente ejército borbónico empezó a cambiar de manera sustancial, en la medida de las transformaciones dadas en el conjunto del Imperio español y de las turbulencias políticas que las reformas habían acarreado en la Nueva España. Uno de los cambios, básico para entender lo que pasó con los pardos y morenos en la guerra iniciada en 1810, fue la pérdida de importancia del factor de la “raza” en la composición de este ejército y el empoderamiento que significó para estos grupos de población el haber adquirido privilegios militares que terminaban por predominar por sobre los prejuicios raciales.

El mismo crecimiento demográfico y la ruptura de las fronteras étnicas y de clase, producto de los movimientos que estallaron en gran número en la Nueva España –que generalmente no cuestionaban ni ponían en entredicho la legitimidad del rey pero que sí socavaron gran parte de los poderes locales y regionales– contribuyeron a una organización más laxa de las fronteras sociales y geográficas en el naciente ejército borbónico. A tal punto que, por lo menos desde el proyecto del virrey Martín de Mayorga en 1780, ya no fue posible mantener cuerpos militares organizados estrictamente por “castas” y “estados”, conformándose más bien una rivalidad más general entre peninsulares y tropas indistintas “de la tierra”, y convirtiéndose estas últimas en mayoritarias dentro del organismo armado virreinal: en una proporción de dos a uno hacia 1793.

Hacia 1810, las “castas de gente mezclada” eran ya el 40 por ciento de la población de la Nueva España; y es desde antes, cuando las identidades adscritas y asumidas empezaron también a sufrir un cambio radical, que se exacerbó después de 1804, cuando el ascenso de la conciencia criolla empezó a “contaminar” a los cuerpos de élite y a las milicias provinciales: es el momento en que la palabra criollo engloba no solamente a los hijos de los peninsulares nacidos en esta orilla sino a la mayoría de los nativos “de la tierra” que no fueran indios, no importando su color y sus orígenes. En las costas de ambos océanos, en donde la población de mezcla era mayoritaria, criollo llegó a ser, como ocurrió en Colima, Acapulco y la Costa Grande de Guerrero, genérico de los nacidos en la Nueva España –en este caso englobando a todos, pero en especial a las “castas” con mezclas de origen africano: pardos, mulatos y negros–. Las fronteras étnicas y sociales sufrieron entonces una transformación encauzada por los resentimientos sociales y de clase, y por las nuevas y emergentes ideologías autonomistas; pero lo que principalmente se reivindicaba en esos años era el derecho surgido del nacimiento.

Los contingentes militares de mezcla que se formaron desde fines del siglo XVIII tuvieron en la guerra de independencia un papel generalmente leal a la Corona, con algunas excepciones regionales (como la Costa Grande de Guerrero y la Tierra Caliente de Michoacán), lealtad que se fue desgastando hacia los últimos años de la guerra, cuando el proyecto insurgente fuera retomado por una parte de la oficialidad realista: la que arrastró tras de sí a las milicias locales de todo tipo. Pero no cabe duda tampoco que varios sectores del ejército nutrieron las huestes rebeldes desde 1810, que el entrenamiento militar y el uso de las armas –al socializarse entre las “castas” por el clima de guerra anterior a la sublevación– ayudaron a que la rebelión tomara el rumbo que tomó. En todo esto, una distinción importante fueron los oficios y actividades que jugaron un papel propio en la rebelión: campesinos, comerciantes, arrieros y conductores, artesanos de muy diversos oficios, sacerdotes del bajo clero, pequeños funcionarios civiles y militares, etcétera.

Fue así que esta rebelión armada no sólo se nutrió de pardos y morenos libres, sino que negros y mulatos que permanecían bajo condiciones de esclavitud no esperaron tampoco pacientemente a que la insurgencia los liberara –como generalmente se cree– sino que aparecerán también tomando parte activa de la sublevación desde los primeros años. Y cuando la guerra toca sus regiones, o –como ocurrió en Córdoba, Orizaba y Maltrata– en el centro de Veracruz, la guerra de independencia fue uno de los episodios que de hecho continuaba por otras vías las rebeliones de esclavos muy localizadas (y olvidadas), como las recurrentes “algaradas” del valle de Córdoba, que de hecho recomenzaron con mucha fuerza desde 1805 pero que se remontaban a disturbios importantes ocurridos desde 1730 por lo menos.

Así, cuando estalló la insurrección del cura Miguel Hidalgo y Costilla, gran parte del proyecto militar borbónico se hallaba a la deriva y profundamente corroído desde dentro: con un ejército que ascendía a los más de once mil hombres, pero muy mal organizado y sumamente disperso: un ejército que podría poner en pie de guerra entre diez mil y doce mil soldados mal disciplinados y llenos de rencores ancestrales y, como decía despectivamente el obispo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, “Todos provenientes de la escoria de la población”; un ejército que contaba con tropas de infantería veterana, con los regimientos de la Corona, Nueva España, México y Puebla que mostraban muy poca disciplina. Destacaban además el Batallón Fijo de Veracruz y algunas compañías sueltas distribuidas en algunos puertos del Pacífico, como Acapulco y San Blas. Tres regimientos de Dragones habían sido poco antes organizados después de profundas crisis de mando y liderazgo: España, México y El Carmen, formados cada uno por cuatro escuadrones. Las milicias provinciales se hallaban dispersas y sujetas a las deserciones y a los embates del clima, en particular en las costas, y con muchos problemas de reclutamiento en México, Tlaxcala, Puebla, las tres villas del centro de Veracruz (Jalapa, Córdoba y Orizaba), Toluca, Celaya y Valladolid. A estos cuerpos se agregaban los batallones de infantería de Guanajuato, Oaxaca y Guadalajara, más dos compañías independientes.24 Uno de los problemas que se habían venido acumulando era la edad de los oficiales, de los altos mandos –en su mayoría peninsulares– que se habían quedado en la Nueva España (algunos desde las reformas de 1767) y que habían envejecido en sus cargos o que representaban una fuerte erogación por sus sueldos y jubilaciones. El relajamiento de la disciplina del ejército se atribuía en gran medida a este factor.

Dentro de las milicias disciplinadas destacaban los regimientos, de cuatro escuadrones cada uno, de Santiago, Príncipe, Puebla, San Luis Potosí, San Carlos, de la Reina, Nueva Galicia, Michoacán y los ya tradicionales Lanceros de Veracruz. Existían también unas llamadas compañías fijas de blancos y pardos, agrupadas en nueve “divisiones” de cinco a ocho compañías cada una. Los llamados tres cuerpos fijos de la frontera y las compañías de los presidios se desplegaban en el norte para la vigilancia sobre los indios bravos y en episodios repetidos como la “guerra apache”, y estaban compuestas de tropas de “casta” y oficiales blancos. Es con toda esta fuerza que la organización de defensa militar iría transformándose a lo largo de la guerra, y con que iría conformando el llamado ejército realista, enfrentándose así desde 1810 a tropas y guerrillas insurgentes de muy diversa composición y origen.

Pero este despertar desigual de la conciencia criolla se desarrollaba más en unas regiones que en otras, y en cada contexto adquiría características particulares. Es evidente, por ejemplo, que en el centro-norte de la Nueva España –en la región del Bajío que podemos limitar a Guanajuato, los Altos de Jalisco, Querétaro y zonas aledañas– el desarrollo económico y la composición social creaban de por sí un espacio de autonomía regional con características propias proclives al desarrollo de estas ideas: concentración mayor de algunas actividades económicas básicas (minería, industria y protoindustria textil y agricultura intensiva), una población mayoritariamente heterogénea e hispanohablante en convivencia con sectores criollos y de “castas” muy dinámicos, y élites peninsulares muy visibles.25 Todos estos elementos se conjugaron para que, dos años después del golpe de Estado al virrey José de Iturrigaray, estallara precisamente allí, y no en otra parte, la guerra de independencia.

Durante un largo periodo de su desarrollo, esta guerra sería conducida por demandas monarquistas, las que poco a poco se imponían sobre los estallidos sociales en donde las masas campesinas lograban, sólo por momentos, poner en peligro el orden establecido. Una compleja confluencia de ideas autonomistas previas, concepciones de lo criollo y lo “nacional”, resentimientos regionales muy diversos, motivaciones juntistas, impulsos constitucionales, liberalismos que recorrían todo el espectro del Imperio español y reclamos populares diversos se conjugaron para que varias facciones de los “criollos” pudieran expresarse en la guerra y en la política, poniendo por delante una emancipación que era ya insoslayable.

Una de las reivindicaciones más socorridas de aquel momento fue precisamente la abolición de la esclavitud, considerando que muchas veces, para los líderes insurgentes, la palabra significaba “opresión en general”, y en otras ocasiones, una esclavitud marginal –la de los negros esclavos– muy corroída por el propio desarrollo económico, pero que muy claramente simbolizaba la “maldad” de los amos, en su mayoría peninsulares. Esta esclavitud, metaforizada, llegaba a simbolizar todo lo malo que los insurgentes pretendían derogar: la quintaesencia del régimen colonial. Pero cuando la esclavitud se declaró abolida, algo que en la práctica llevaría por lo menos unos quince años (hasta 1825 por lo menos), los núcleos esclavizados eran solamente algunos pequeños grupos de siervos domésticos, o remanentes de las otrora importantes “esclavonías” de algunos trapiches azucareros y haciendas de labor, que de todas maneras ya se habían dispersado o sublevado durante la guerra. En algunos de estos contextos, se desarrollaban historias particulares que podrían haber constituido algo así como “movimientos precursores de la independencia”, en donde, de haberse madurado como tales, le hubieran dado a ésta un sabor un poco más acorde con el tema que nos ocupa.

Por ejemplo, entre 1735 y 1769, se habían sucedido varios levantamientos de los esclavos negros de la región de Córdoba y Orizaba, esclavos de los trapiches e ingenios de esta región veracruzana que tradicionalmente escapaban hacia la “cuenca cimarrona” de las actuales Tierra Blanca y Cosamaloapan, refugiándose en los montes de Mazateopan (Teutila) y hacia la “banda de Jalitatuani”, en la ribera suroeste del río Amapa que separa Oaxaca de Veracruz en esta área. Durante este ciclo de fugas y pequeñas revueltas, los huidos demandaban una libertad que supuestamente les había sido anunciada por los padres jesuitas que les asistían religiosamente. Pedían fundar un pueblo de negros libres a semejanza de San Lorenzo de los Negros (origen del actual Yanga), creándose, a lo largo de los treinta años del ciclo de fugas, una facción irreductible conducida por Macute, un “capitán de cimarrones” que planteaba una total autonomía en el monte, y otra facción “negociadora”, católica y guadalupana, dirigida por Fernando Manuel, que se uniría a las milicias creadas en el puerto de Veracruz por Villalba en 1766. Lo que se da regionalmente es una represión militar a las revueltas y una violencia extrema de los esclavos rebelados hacia sus amos, así como la creación de “ranchos” o “palenques” tolerados por el dueño de la hacienda de La Estanzuela y otros funcionarios y hacendados de la región.26 En el curso de estas revueltas, la facción de Manuel capturó a Macute y los suyos, y los entregó al brazo criminal de Córdoba para su ejecución. En 1769, a instancias del propietario de la hacienda y del alcalde mayor de Teutila, se fundó, en tierras de Jalitatuani y Soyaltepec (expropiadas por La Estanzuela), el pueblo de negros libres Santa María Guadalupe de los Morenos de Amapa, siendo Manuel su primer alcalde. Este ciclo lo que muestra, entre muchas otras cosas, es el enfrentamiento que a lo largo del siglo XVIII se dio entre los amos esclavistas de Córdoba y Orizaba, y los hacendados de más al sur que pretendían contratar fuerza de trabajo libre para emplearla en el cultivo del algodón –así como dos proyectos políticos enfrentados al interior de los cimarrones–.

Sin embargo, de lo que poco se sabe es que la fundación de Amapa no detuvo del todo el ciclo de las insurrecciones, dado que en la zona de Córdoba se mantuvieron las esclavonías en los trapiches e ingenios de la región, ocurriendo en esta zona la última sublevación importante en 1805: la rebelión de los esclavos de El Potrero y Ojo de Agua Chica, reprimida personalmente por el virrey Iturrigaray y que, siendo una historia poco conocida, marcaría un hito de haberse extendido. El virrey informó, después del levantamiento,

Los negros esclavos de las haciendas del Potrero y Ojo de Agua Chica se sublevaron pocos días ha, queriendo al parecer sustraerse de la esclavitud: luego que tuve esta noticia, di las providencias convenientes para aquietarlos sin que omitiesen ninguna de las que tuvieron en su arbitrio el coronel del Regimiento Provincial de las Tres Villas, los Alcaldes ordinarios de la ciudad de Córdoba y el Gobernador de Veracruz, aunque la tropa de esta plaza no llegó oportunamente; pero al fin, con la de dicho Regimiento Provincial y el Paisanaje se ha logrado reducir a unos y aprisionar a otros, de modo que todo está sosegado hasta los últimos avisos que he recibido, habiendo quedado por ahora en Córdoba cien hombres del Batallón Fijo de Veracruz que subsistirán allí hasta que todo se halle enteramente tranquilo…a sofocar en su origen esta efervescencia de los esclavos, cortada ya en mi concepto.27

Sin embargo, la importancia de esta revuelta de esclavos es que se vuelve a expresar después de estallada la guerra de independencia. Pues en los primeros meses de 1811, y cuando la rebelión de Hidalgo se batía en retirada, el cura de la parroquia náhuatl de Zongolica, ubicada en las sierras de esa región cercana a Orizaba, un tal don Juan de Moctezuma y Cortés (1754–1816) –que se decía descendiente del emperador Moctezuma– recorrió en armas la región de Córdoba abrazando la causa insurgente; recogió a su paso las guerrillas de cimarrones rebeldes que habían quedado dispersas después de la rebelión de El Potrero y Agua Chica, y bajo la “petición blasfema” de que murieran los gachupines, agregada al lema pintado en sus estandartes, “Viva nuestra María Santísima de Guadalupe”, “Viva la religión católica, viva Fernando VII, viva la América y muera el mal gobierno”.28 Moctezuma y Cortés era miembro de una familia de caciques de Tepeji de la Seda (Puebla); era un mulato –por este origen materno sería repudiado por su familia de caciques indios– nacido además en un pueblo que había sido encomienda de Martín Cortés, cuyo apellido también tomaron estos caciques. Esta sería, en todo caso, la única rebelión de esclavos que, además de contribuir al estallido de la guerra en el camino de Veracruz-Orizaba-México, ayuda a matizar la idea de un grupo social, los esclavos negros y mulatos, al que se atribuye una gran pasividad en esos años de turbulencia.

Pero se trata no solamente de una extensa rebelión olvidada sino también del hecho de que la revuelta, al igual que la de Ñanga y la de los morenos de Amapa, haya concluido, en 1812, con la fundación de un tercer “pueblo de negros libres”. El alojamiento nacional o “campamento insurgente de esclavos” se ubicó en Palma Sola, cerca de San Juan de la Punta29 –avalado esta vez ya no por la Corona española sino por el ejército insurgente– y se formó con los esclavos insurrectos conducidos por Juan Bautista, un mulato miliciano de la tropa del cura Mariano de la Fuente y Alarcón.30 De este emplazamiento, protegido por los rebeldes, no se supo más después de 1820.

En 1812, al moverse la guerra hacia la costa del Golfo, los insurgentes amagaron la mayor parte de las villas del centro de Veracruz y se dispusieron a capturar Orizaba, capitaneados por varios párrocos de la región y de la vecina Puebla, que seguían las directrices del movimiento comandado por otro cura de origen “pardo”: el general Morelos. Estos insurgentes mantuvieron una rebelión mucho mejor organizada que el movimiento de Hidalgo y se movieron desde la Tierra Caliente de Michoacán, hacia Guerrero, las zonas cañeras del actual Morelos y sur de Puebla, Oaxaca y el centro de Veracruz. De esta manera, crearon un corredor intercomunicado cuya base social era principalmente mulata. Animados por el cura de Maltrata, Alarcón,31 tomaron una parte muy activa los negros esclavos de los trapiches de Segura y otros, quienes se sublevaron en masa ajusticiando a sus amos. Pero al ser derrotados por las fuerzas realistas, la mayor parte de ellos –amnistiados por un decreto– se integraron a los asalariados del puerto de Veracruz, encargados en el muelle de la carga y la descarga, contando con la protección del entonces gobernador realista del puerto, el general José García Dávila.32 La toma de Orizaba, a pesar de los temores que había desatado el movimiento, se efectuó el 28 de mayo de ese año de manera menos violenta que las incursiones en Puebla,33 mientras los realistas se atrincheraban en Córdoba.

Eso sí, la guerra civil que condujo a la independencia no fue nunca en Veracruz una guerra de las proporciones que adquirió en el Bajío o en el centro, aunque hubiera sido precedida por acciones de cimarronaje y por luchas antifiscales muy localizadas entre las “castas” y algunas comunidades indígenas.34 Hubo de principio algunas escaramuzas que fueron más constantes en la zona central –Veracruz, La Antigua, Córdoba, Orizaba y Jalapa– marcando la relativa centralidad de un conflicto que prácticamente no se extendió hacia el sur o el norte, salvo por breves momentos. En el interior, las bandas rebeldes merodearon durante los años de la guerra obstruyendo los caminos principales y secundarios, mientras algunos caudillos realistas, nativos de la región, los combatían o se servían de ellos.

Cuando sobrevino la guerra de independencia, y por lo menos hasta 1816, las milicias jarochas de pardos y morenos siguieron siendo leales a la Corona y estaban bajo el control militar de sus comandantes criollos y peninsulares, algunos de los cuales habían ya constituido cacicazgos regionales muy elaborados. Tal sería el caso del joven militar Antonio López de Santa Anna, quien tenía un especial ascendiente en la región del Jamapa, gracias a que uno de sus tíos, don Ángel, era uno de los principales escribanos del puerto –quien muchas veces se ocupaba de los pequeños asuntos de esta gente– y que otro tío suyo, José Antonio López de Santa Anna –alias “el Padre torero”– había sido párroco de Medellín y había establecido redes inmensas de lealtades entre los jarochos: bendiciendo y propiciando sus “fandangos y francachelas”, antes de ser desterrado por el Santo Oficio a Teziutlán, en la sierra de Puebla, acusado del delito de “solicitación”, un pecado constante que solía cometer con sus fieles mulatas, mestizas, españolas e indias en el confesionario. Sin embargo, los jarochos de Medellín (hoy Medellín de Bravo) se volvieron insurgentes antes que Santa Anna y estuvieron a punto de ser sometidos a una guerra de “tierra arrasada”, de no ser por la actitud negociadora de García Dávila.

Pero cuando Santa Anna y otros militares realistas se pasaron al bando insurgente, las “milicias jarochas”, como ya se llamaba a los antiguos cuerpos de “pardos y morenos”, se convirtieron en la mejor base armada contra los españoles y los mejores defensores, después de 1821, contra un eventual desembarco de los realistas, que permanecieron acuartelados, abastecidos desde La Habana y bombardeando el puerto desde la fortaleza hasta 1825 –obligando a que la mayor parte del tráfico naval se trasladara al vecino desembarcadero de Alvarado. En ese momento, los “hombres de mezcla” se reivindicaron y aparecieron bajo una nueva dimensión ante las autoridades nacionales. Bajo la protección de don Guadalupe Victoria, que se había establecido en Jalapa antes de 1821, estas milicias pasaron de ser una “chusma” indistinta, a ser el baluarte de la identidad regional.35 Así, y por los caminos intrincados de la historia, un grupo de gentes armadas reclutadas entre el bajo pueblo del mundo colonial pudo colocarse, en el contexto de la revolución popular más prolongada de la América española, como la base de lo que serían después los orígenes de las tropas y la oficialidad de las fuerzas armadas surgidas del conflicto.

Este ensayo ilustró la complejidad de las identidades ambivalentes de negros y mulatos. Cada región, por una parte –a causa de la enorme ductilidad y flexibilidad novohispana– presentó sus particularidades, espacios y ejes de expresión, por otra parte, dependió siempre de las condiciones anteriores, es decir, del comportamiento de las clases y estamentos ante la guerra. En las costas del Pacífico –el “Sur”– que es donde se desplegó el movimiento del cura Morelos, una vez derrotado Hidalgo y sus huestes, se tuvo en lo general una actitud favorable a la causa insurgente: la Tierra Caliente de Michoacán, las costas de Michoacán y Guerrero y luego un movimiento creciente que subió de las costas hacia el actual Morelos y sur de Puebla, estableciendo ese corredor que conectó a las costas de Guerrero con las de Veracruz. Como lo han demostrado varios estudios, la población de negros y mulatos era la más visible en estas regiones cálidas, pero el comportamiento de su gente fue radicalmente opuesto, por ejemplo, entre la Costa Grande y la Costa Chica de Guerrero.36 En la primera región, contigua a Michoacán, y hasta el puerto de Acapulco, los negros y mulatos –llamados aquí criollos– se sublevaron al llamado de Morelos, destacando algunos caudillos locales como Mariano Tavares o Hermenegildo Galeana y sus hermanos (al igual que Morelos y Guerrero, de calidad “pardos”), junto con las milicias bajo su mando. Por otro lado, en la Costa Chica y la vecina costa de Oaxaca, las masas rurales, en su mayoría de negros y mulatos, abrazaron la causa realista, reclutándose entre ellos mucha de la tropa que combatió a los insurgentes en el centro del país. Allí se había establecido desde antes una rivalidad entre los pueblos de indios, que habitaban las partes más altas (Igualapa, Ayutla y otros), y los negros y mulatos de la planicie costera. Así que al sublevarse los primeros por añejos conflictos de tierras, los segundos –con sus capitanes, a quienes eran leales por mantenerles sus privilegios– optaron por sumarse a la causa realista y combatir a los sublevados.

En otros entornos, como la Huasteca veracruzana, en donde se asentaba una fuerte población mixta y milicias de pardos y morenos, tal y como ocurría en Tamiahua y Ozuluama, la actuación de estos grupos –armados desde fines del siglo XVIII– dependió de las actitudes y lealtades políticas de sus caudillos, quienes paulatinamente se fueron inclinando hacia la emancipación, sobre todo después de los desencantos que en la Nueva España causara el retorno de Fernando VII al trono español en 1818. En la región de los Ahualulcos, en los límites de Veracruz y Tabasco, varios movimientos de caudillos pardos insurgentes que, como Atanasio de la Cruz, habían sido caudillos milicianos solamente continuaban luchas anteriores y activaban extensas franjas de bandidismo que se remontaban a medio siglo antes de 1810.37 Así que gran parte del papel jugado por estos milicianos y antiguos milicianos, es reveladora de la geografía de los privilegios: pues en los lugares en donde el tributo había sido abolido, predominaban las lealtades realistas, y en donde los conflictos por las exenciones habían sido fuertes, predominaban las actitudes rebeldes.

Más al interior montañoso de Guerrero fueron los criollos, hijos de españoles, los que dirigieron la lucha independentista (como Nicolás Bravo y su familia), demostrando, en todo caso, que las redes de lealtad se construyeron sobre las actividades de la arriería, pues Morelos y todos los jefes locales se conocían desde antes como arrieros, siendo todos también hijos de arrieros. A través del trasiego de mercancías, los transportistas tenían acceso a mulas, aperos, refugios y mesones dentro de la cadena de centros de mercado interiores que enlazaban los puertos con la ciudad de México, estableciendo desde antes redes de compadrazgo y confianza que durante la guerra se “tensaron” y se desarrollaron al máximo. El uso de los caudillos locales, con tropas a su mando, de las redes de arriería y de las complicidades urbanas que aseguraban el suministro de los núcleos rebeldes demuestran el genio militar de Morelos y la causa de que haya logrado constituir gobiernos alternos en Chilpancingo, Acapulco, Oaxaca y otras ciudades, prefigurando el orden ulterior a la consumación de la independencia. Una vez concluida la lucha y a lo largo del siglo XIX, quedaron las “castas” excluidas del vocabulario oficial, en tanto que representaban, junto con la esclavitud, los referentes más odiados del antiguo régimen, la marca de la ignominia colonial. Los registros civiles y eclesiásticos borraron cualquier mención a la “calidad” de las personas, lo cual –aunado a la idea posterior que se hace de esa lucha y sus referentes– terminará por invisibilizar las diferencias étnicas e identitarias en el “magma” indistinto de la nueva ciudadanía real e inventada.

Es así como, en un horizonte de variada integración, negros y mulatos novohispanos se convertirán en mexicanos, dándole a la guerra de independencia un sello particular. Quienes intenten conferirles a estas luchas un carácter exclusivo o excluyente tendrían que modificar todas las evidencias documentales y el desarrollo tumultuario de aquellos acontecimientos. Pues los “héroes” conocidos y anónimos de esa gesta, por la misma naturaleza de sus demandas y del espíritu revolucionario de la época, jamás hubieran puesto por delante su condición racial o étnica sino la creciente aspiración de ser “americanos” con iguales derechos y obligaciones, algo que en sí concentra el sentimiento incluyente de muchos de los grupos políticos que hicieron posible el movimiento de independencia.

1.

Véase, por ejemplo, Vincent, “Blacks Who Freed Mexico” and Legacy of Vicente Guerrero.

2.

Las semejanzas fenotípicas, a su vez, pueden ocultar enormes diferencias genéticas. Por ejemplo, entre los nativos de Filipinas, clasificados como “indios” en el siglo XVII y los nativos mesoamericanos, también “indios”. O algunos nativos del Golfo de Bengala que llegan a Acapulco bajo la clasificación de “negros”.

3.

El concepto de raza cósmica lo elaboró José Vasconcelos después de la revolución de 1910–20 y se basa en la famosa denominación de “mestizo” novohispana –“de padre español y madre india”– y a ninguna otra “mezcla”. Eso es lo que obliga a Juan Pedro Viqueira a preguntarse, “¿Por qué hablamos de mestizaje en el caso del fruto de los amores de un español con una india y no cuando los progenitores son, respectivamente, un gallego y una extremeña o un tzeltal y una tarahumara?” “Reflexiones,” 81.

4.

Aguirre Beltrán, Población negra de México, 341. Este diagrama triangular está basado en el color de la piel, un rasgo fenotípico totalmente subjetivo y frágil. De hecho, la necesidad de definir a las personas se hizo más abigarrada desde la segunda mitad del siglo XVII, a raíz de la recuperación demográfica que aceleró el mestizaje, aunque toda la variedad atribuida no sustituye en la documentación colonial –y sobre todo fiscal– a las cinco principales: españoles, indios, negros, mulatos y mestizos.

5.

O, por lo contrario, muy imprecisas, pues la identidad aparece también como “un hoyo negro conceptual que se traga la materia y emite escasa luz”, como la define Alan Knight. “Identidad nacional mexicana”, 84.

6.

Pues una vez estallada la guerra, el término criollo se resemantizó y sirvió para denominar a la facción política opuesta a los defensores del statu quo. Por supuesto que entre estos “criollos” había criollos y peninsulares, al igual que en los cuadros dirigentes “realistas”: en realidad, como ha dicho Eric Van Young (Otra rebelión), la Independencia era una sangrienta guerra civil entre mexicanos.

7.

La complejidad de su desarrollo nos obliga a concluir que la identidad no es una esencia, un atributo o una propiedad intrínseca de individuos y colectividades –no existe como tal y per se– sino que tiene siempre un carácter intersubjetivo y relacional. Es la autopercepción dinámica de unos con respecto a otros, afirmada solamente en la confrontación con otras pertenencias atribuidas en un complejo proceso de interacción social, la que desata la emergencia y la permanencia de ciertas identidades (y el fracaso de otras), lo cual frecuentemente implica relación desigual y, por lo tanto, luchas y contradicciones.

8.

Lo de “pardos” parece provenir de un cuerpo de caballería habilitado en España en el siglo XVI, llamado “caballeros pardos al fuero de León”. En América, “morenos” eran los de piel más oscura, en general esclavos liberados, y los “pardos” los de cualquier mezcla con origen africano, generalmente zambos y mulatos libres.

9.

Marchena Fernández, Ejército y milicias, 64–65.

10.

Seijas y Lobera, Gobierno militar y político, 586.

11.

Cf. “El Virrey Conde de la Monclova (1686–1688) informa a SM de lo que ejecutó en el Presidio de Vera Cruz a causa de un motín capitaneado por un Teniente”, 15 de enero de 1688, México 57, R2, N22, Archivo General de Indias (AGI), Sevilla.

12.

Los dos últimos grandes motines están reseñados en “Sublevación de la guarnición en San Juan de Ulúa”, 25 de noviembre de 1717, Reales cédulas originales 38, 48:130–3, Archivo General de la Nación de México (AGNM), ciudad de México; “Tumulto en la guarnición de Veracruz por pagos atrasados”, 30 de noviembre de 1718, Reales cédulas originales 39, 151:367, AGNM.

13.

Seijas y Lobera, Gobierno militar y político, 253.

14.

Ibíd., 255.

15.

Ibíd., 417–18.

16.

Ibíd., 418–19.

17.

Cf. Booker, “Needed but Unwanted”. Pues como lo dice María del Carmen Velázquez, “Las autoridades militares no podían poner freno a los desmanes pues esa cierta impunidad de acción era lo único que podían ofrecer a los milicianos en compensación por haberse alistado”. Estado de guerra, 57. Véase también “Veracruz: Negros atrevidos de los Batallones de Pardos”, 11 de julio de 1785, Indiferente de guerra 307 B:1–8v, AGNM.

18.

Junto con la obtención del fuero militar y la capacidad de designar a sus propios oficiales en las milicias de pardos. Cf. Vinson, “Milicianos pardos,” 99. Sin embargo, entre 1760 y 1780 surgieron muchos conflictos porque las autoridades denegaron estos derechos adquiridos. A partir de 1789, siendo esenciales en la defensa, por el estado de guerra general, y en el sofocamiento de varios motines locales, los milicianos de Veracruz y algunos de otras regiones, como la Costa Chica, recuperaron esas prerrogativas y privilegios.

19.

Como los censos de “pardos, chinos y mulatos” levantados en las riberas del Papaloapan; véase Censo levantado por Joaquín de Larrazábal, 2 de diciembre de 1799 Cosamaloapan, Tributos 51, 6:84–145, AGNM. O como los “indios amulatados” de la república de indios de Medellín, que concurrían a las convocatorias de defensa con tal de no pagar tributo.

20.

Christon I. Archer anota, por ejemplo, la dificultad de mantener las barreras raciales a finales del siglo XVIII: “Aun cuando había batallones de pardos en la ciudad de México y en Puebla, los oficiales se quejaban de que era casi imposible conseguir reclutas. Muy pocos deseaban ser identificados con los pardos, y si no había otra manera de escapar a este estatus, los hombres se unían a las milicias provinciales, a las que en teoría sólo podían entrar los blancos, los castizos y los mestizos. En algunos casos, un hermano podía alistarse en una unidad de pardos y otro en una unidad provincial”. Ejército, 284 (cursivas en el original).

21.

Citado en Archer, “Pardos, Indians,” 236–37 (cursivas en el original).

22.

27 de diciembre de 1780, Veracruz, Indiferente de guerra 214-A, f. 4, AGNM.

23.

26 de enero de 1799, Indiferente de guerra 47-B, AGNM.

24.

Semprún y Bullón de Mendoza, Ejército realista, 77.

25.

Véase Tutino, De la insurrección que sintetiza muy bien lo ocurrido en el Bajío, en donde las repúblicas de indios, que para 1810 eran sólo el 10 por ciento de la población, fueron creadas en el siglo XVII con población heterogénea de indios sueltos, españoles, negros y mulatos.

26.

El dueño del gigantesco feudo de La Estanzuela era Hernando de Rivadeneira, del mayorazgo del mismo nombre, uno de cuyos antepasados –Gaspar de Rivadeneira– había “apadrinado” la creación de San Lorenzo de los Negros, cediendo parte de sus tierras para la fundación, primero, de la villa de Córdoba (1616) y después la de San Lorenzo (1630). Don Gaspar fue compadre del mismo Ñanga (Yanga) y padrino de bautismo de uno de sus hijos, Gaspar Ñanga. El “pueblo nuevo” de los Morenos de Amapa se fundó también en tierras que los Rivadeneira cedieron y que habían sido arrebatadas antes al comunal del pueblo mazateco de Soyaltepec. Cf. García de León, Tierra adentro, cap. 16, “Mandinga o la república de los morenos”.

27.

Una importante documentación de esta olvidada rebelión de las esclavonías de Córdoba, la última del ciclo iniciado desde 1739, se halla en “El virrey de Nueva España José de Iturrigaray avisa lo ocurrido en dos haciendas de la jurisdicción de la villa de Córdoba con los Negros esclavos”, 26 de febrero de 1805, Estado 30, N63, AGI. Véase también el ciclo completo en “Sublevación de los negros esclavos de las haciendas del Potrero y Ojo de Agua Chico, jurisdicción de Córdoba, y quejas de éstos por malos tratamientos”, 1748–1805, Real audiencia 2506, 2, AGNM.

28.

Cf. Guerra de independencia. Véanse otras fuentes de la época: Insurgencia en la antigua Veracruz; Isassi, Memorias de lo acontecido. Sobre el padre homónimo de este párroco, quien fue cacique de Tepeji de la Seda, véase el interesante estudio de Patricia Cruz Pazos, “Juan de Moctezuma y Cortés”. Su madre, Mariana Micaela de la Cruz, era, según esta autora, “mulata de color cocho”, lo cual explica que se le describa como “algo mulato” (Cruz Pazos, 33) y de la influencia que este párroco insurgente –nunca mencionado en este estudio sobre su padre– al parecer tenía no sólo sobre los indios nahuas de Zongolica (pues hablaba su lengua) sino también sobre los negros y mulatos de los valles de Orizaba y Córdoba. Según Lucas Alamán, don Juan era “imagen viva del emperador de su nombre, pero que no nació para general sino para recitar un buen sermón: tenía bello decir y sabía entusiasmar al soldado con el doble prestigio de sacerdote y de descendiente del emperador de los aztecas”. Historia de Méjico, 3:230.

29.

Se ubicaba en Palma Sola, al sur de Omealca, cerca del camino que conduce al ingenio de Mozorongo (llamado así desde el siglo XVII por la etnia a la que pertenecía la mayor parte de sus esclavos: los Mwesi Longo, o Mussorongo, del río Congo). Lindaba también con tierras del mayorazgo de los Rivadeneira, quienes en esa ocasión permanecieron neutrales. En ese momento, el adjetivo nacional sustituyó al de real o del rey en varios sitios del centro de Veracruz: Puente del Rey pasó a ser Puente Nacional; Paso Real, frente a Alvarado, se volvió Paso Nacional, y así, mientras que los insurgentes se llamaban a sí mismos “los nacionales”.

30.

En abril de 1812, salió de Zongolica un tal Agustín Portas, subordinado del cura Moctezuma y Cortés, hacia los trapiches de Guadalupe y San Nicolás, liberando a todos los esclavos. En esos días, un mulato llamado Mariano Mota salió de las rancherías de Pueblo Viejo con un grupo de esclavos sublevados de El Potrero y otras haciendas cercanas que habían participado en la rebelión de 1805, parapetándose en Mata de Piña para resistir a los Patriotas (realistas) de Córdoba. Otras sublevaciones de esclavos y libres se dieron en el litoral de Barlovento, en Tlapacoyan y Chicualoque (sierra de Papantla) en ese mismo 1812, y bajo los efectos de la expansión de las tropas de Morelos hacia Veracruz y Oaxaca.

31.

En 1809, Alarcón era cura de Tequilan, en la sierra de Zongolica (hoy Tequila). Cf. Registro de la permuta por Manuel de Cubas, cura de San Pedro Maltrata y Mariano de la Fuente y Alarcón, cura de San Pedro Tequilan, sobre sus beneficios, 1809, Indiferente virreinal 2462, 9, AGNM.

32.

Según Carlos María de Bustamante, quien edita y anota la historia del padre jesuita Andrés Cavo, García Dávila controlaba muy bien a estos fugados, aunque los vigilaba de cerca, pues “este jefe era virtuoso y amigo de la humanidad hasta el punto de curarles con sus propias manos las llagas gangrenosas a los negros. Yo me hallaba allí preso y atesto de sus sublimes virtudes. Hoy no hay un esclavo en este venturoso país de libertad. Afectamos menos filantropía que los ingleses, y practicamos más el Evangelio en esta parte”. Cavo, Tres siglos de México, 1:253.

33.

Pues, como lo relata Dante Octavio Hernández Guzmán, “Gran alarma se generó entre los habitantes de la villa de Orizaba, al saber que las tropas de Nacionales se aproximaban comandadas por Juan Moctezuma y Cortés, cura de Zongolica, Mariano de las Fuentes y Alarcón, cura de Maltrata, José María Sánchez de la Vega, vicario de Tlacotepec, José Antonio Arroyo, proveniente de Tlaxcala y Miguel Moreno, acampado en Maltrata. Gracias a la visita que hicieron a Maltrata el cura Palafox y Rafael García, al conferenciar con los Nacionales, lograron parlamentar, haciendo que la toma de Orizaba se realizara sin afectar a la población, pues los temores se intensificaron al saberse la noticia de que el cura José María Sánchez de la Vega había entrado con su división a Tehuacán decapitando a 48 europeos”. “Orizaba en la Independencia”, 113.

34.

Y tampoco responde a la generalización de que la guerra fue fundamentalmente encabezada por los “indios”, tesis planteada por Van Young en su más reciente libro, Otra rebelión.

35.

Cf. Ortiz Escamilla, “Compañías milicianas de Veracruz”.

36.

Véanse en particular los ricos y sugerentes ensayos Hernández Jaimes, Raíces de la insurgencia; Guardino, “Bases sociales de la insurgencia”.

37.

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